martes, 22 de julio de 2014

Necesito canciones para vivir,
canciones ilimitadas:
El viento que toca a la ventana,
vapuleando los visillos, los párpados,
o los sauces abatidos en el jardín
marinando sombras y brisas estivales
al atardecer sobre mi casa.
Necesito notas musicales
extraídas de raíz de paisajes
que jamás ni aún habré pisado,
necesito oír cómo caminaron,
ayer, las huellas de mi pasado.
Canciones ilimitadas para vivir,
rumores caídos de grandes álamos,
hojas de otoño posadas sobre tejados
bajo artesonados de estrellas y alfanjes,
lluvia sosegada, regando fonemas,
como mil manos sobre mil pianos,
para lavar la tristeza y disolverla,
flechas de garzas que hiriendo el cenit,
emigran de lo que fuimos a lo que deseamos,
canciones de tímidas muchachas
y ecos de un muchacho instantáneo,
emparedado entre la libertad y sus anhelos.
Canciones ilimitadas para sentir
que despiertan al alba una multitud de almas,
pífanos cantares de aves inmaculadas
cegadas por Amelines de tiernas flautas,
significantes de palabras adjetivas
adheridos a sus íntimos significados,
mezclados en este extraño cáliz.
Canciones ilimitadas para vivir,
para oír crujir el pasto bajo llamas
que harán de viejos palos, verdes ramas,
oír la algarabía de los pájaros urbanos
antes que los hombres abran las ciudades,
oír el fabril canto de las cigarras,
oír la evasión de las aves mensajeras,
de los espíritus santos, tras los relámpagos.
Canciones para no morir, aunque lo haga,
tal vez oírme reverberado en viejos fotogramas
que filmé sobre mi propio pentagrama:
Los años, cincuenta años sintiendo
¡cómo suena la vida, cómo la vida pasa!
¡Ah, Gran Planeta Óvulo, déjame sentir
canciones ilimitadas!

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