NO COMERÁS MANZANAS
Los hechos que aquí se narran se basan en
las cartas que Teresa Leal escribió a su hermana Esther durante medio siglo, en
los artículos que mi padre redactaba para rellenar las páginas de su periódico,
en los rumores nacidos de la maledicencia en la plaza del Maine y, sobretodo,
en mis recuerdos, rastreados con esfuerzos en el pasado y a veces desvirtuados
por el paso del tiempo, la inexactitud de algunas fechas, los encantamientos
con que el olvido confunde a la memoria, y las distintas versiones con que
se distrae un mismo asunto.
CAPÍTULO 1
Desde el día en que Armando Leal, una
semana antes de que estallara la guerra de Cuba, se presentó en el umbral de la
casa de su hermano, don Fermín Leal, todavía con las nauseas que le habían
provocado los vaivenes del barco que le trajo de vuelta de las Américas, y portando
un acordeón destartalado y una escueta maleta cargada con legajos, un libro de
profecías de Nostradamus, un mapa de la luna llena, unas escrituras de
propiedad y un esqueje de manzano, envuelto con mucho esmero en papel de
periódico humedecido, la familia Leal nunca más volvió a ser la misma. Del
viaje a tierras inhóspitas, Armando Leal volvió a Léfina con la cabeza llena de
pajaritos, con miles de proyectos para multiplicar la fortuna familiar, entre
ellos la idea morrocotuda de fabricar fideos, y con un avanzado trastorno
mental del que jamás se recuperó. De aquel periplo también trajo consigo ideas
visionarias y el firme propósito de inventar cosas útiles para la humanidad,
como los cohetes espaciales, las plumas de escribir automáticas, y el teleal,
una especie de mando a distancia que habría de servir para ordenarle a los
objetos que se movieran desde lejos. Al principio, sorprendido por la inesperada
vuelta de su hermano, al que había dado por muerto en alguna de las
innumerables revueltas que azotaban el final del siglo, y puesto que hacía años
que no recibía noticias de él, lo aceptó con recelo, pero cuando su razón y sus
sentimientos se reconciliaron, lo agasajó como si se tratara de la vuelta de un
hijo pródigo. A tal fin, aquel mismo día puso patas arriba toda la casa y dispuso
que se celebrara un festín por todo lo alto. El servicio se vio obligado a
improvisar un banquete para cien invitados, lo más selecto de la comarca, y a
pesar de la premura con que fueron avisados, nadie se atrevió a declinar la
invitación, dadas las influencias de don Fermín, al que le bastaba levantar la vista
para que todo el mundo agachara la cabeza y acatara sus deseos. Para la ocasión
se sirvió el mejor vino de toda la historia, el vino de Canaán, que el mismo
don Fermín Leal criaba, con mimos religiosos, en la recóndita oscuridad de su
bodega. En el ágape se sirvieron las mejores viandas que se pudieron encontrar
en tan corto plazo de tiempo. No faltó jamón de Jabugo, langostinos de
Sanlúcar, queso manchego, cochinillos asados, o doradas de La Bahía de Cádiz.
Media banda de música amenizó el convite y se improvisó en el patio de la casa una
pista de baile engalanada con guirnaldas de flores de papel y cadenetas de
colores. Armando Leal, eufórico por el recibimiento, consideró que aquel era el
momento y el lugar idóneo para sembrar el esqueje del manzano que había traído
con él desde Dios sabe qué paraíso, aprovechando la presencia de todos los
invitados y para que quedara constancia histórica en la memoria de Léfina de la
autoría de su acto. Para ello interrumpió la música y el baile, y con
grandilocuencia y erudición, hizo una breve introducción al asunto:
-Señoras y señores, por favor, préstenme
un momento de atención. Este que veis aquí, en mi mano -dijo solemnemente
mientras lo alzaba-, es un esqueje de manzano, pero no de un manzano
cualquiera. A lo largo de la historia han sido muchos los que han perecido tras
su búsqueda y pocos hemos sido los elegidos para participar de su secreto.
Desde la guerra de Troya, ya se empezó a hablar de sus frutos; el Jardín de las
Hespérides, lejos de ser un mito, es un lugar real envuelto en misterio; la
biblia habla del árbol del fruto prohibido; la mitología nórdica refiere
manzanas doradas que al ser mordidas reviven la juventud, el mismo Newton
descubrió leyes invisibles gracias a una manzana; el sueño de Blancanieves lo
produjo una manzana. Podría seguir, pero la lista es interminable. Con esto
quiero decir que este esqueje pertenece al árbol original, y que en este mismo
momento, si son ustedes tan amables de despejar el centro del patio, lo voy a
sembrar, para gloria y bien de todo aquel que desee oler o morder sus frutos.
Aquella fue la prueba irrefutable de que
Armando Leal había perdido el juicio. Todos coincidieron en que aquella idea
suya no era más que el fruto de la locura que le había infundido en la
imaginación un viaje tan largo. Pero bajo esta justificación todos los
presentes le siguieron el juego, vieron con cuánta delicadeza sembraba el
manzano en mitad del patio, y con cuánto agradecimiento recibía los aplausos.
Luego continuó el baile hasta el amanecer, nadie mostraba intenciones de irse,
quizá porque cierta permisibilidad concupiscente empezaba a dejarse sentir en
los deseos de los presentes.
Los días siguientes a su llegada los dedicó
a contar las peripecias de su viaje y a describir, con todo lujo de detalles,
los increíbles paisajes que había visto con sus propios ojos: Las grandes
ciudades que había dispersas por el mundo, las maravillas arquitectónicas del
pasado y del presente, y las que él imaginaba en el futuro; las ideas
revolucionarias que se estaban adueñando de la política internacional; las
grandes fábricas en las que la gente trabajaba en silencio como auténticas
máquinas; las nuevas corrientes artísticas en lo que todo valía por extravagante
que fueran las ideas… Para terminar, hablaba de las profecías de Nostradamus, a
la sazón el verdadero destino al que estaba abocada la humanidad. Todo aquello
no sirvió más que para corroborar que se había vuelto loco de remate. Cuando
notó en la mirada incrédula de la gente que ya a nadie le interesaba su vida, se
consoló pensando que nadie era profeta en su tierra y se entregó en cuerpo y
alma a desordenar sus ideas y desarrollar sus proyectos.
El primer cohete espacial, ante el asombro
de todo el pueblo, no subió por encima del campanario de la torre, con la mala
fortuna añadida de que los dos pequeños astronautas que tripulaban la nave,
perecieron en el estallido del artilugio. Fue justo en el momento de la
ignición cuando se percató de un grave error: no había diseñado ningún sistema
para hacer volver al cohete a la tierra, pero ya era tarde. Para el segundo
intento adiestró otros dos ratones que, con mucha diligencia, aprendieron
a acceder a la cabina del cohete a
través de una escalerita, en busca del queso que allí les aguardaba. Su
objetivo era estudiar los efectos de la ingravidez en los seres vivos, y cómo
había oído decir a expertos en la materia, que entre los ratones y los humanos
no había grandes diferencias, pensó que los primeros serían la mejor opción,
amén de sus tamaños. Luego creó un sistema de redirección con memoria
independiente, basado en algoritmos y parábolas matemáticas, para hacer volver
del espacio al cohete. Cuando lo tuvo todo bien dispuesto, y convencido de su
éxito, intentó el segundo lanzamiento. Éste creó mucha más expectativa que el
primero, de hecho llegó a superar la altura de la torre, y tras perderse unos
segundos en el espacio ante la perplejidad del público, salió de repente de entre
las nubes y cayó echando chispas y en picado hacía donde se apiñaba la multitud
que, despavorida por la inminencia del impacto, corrió en desbandada a
protegerse de la lluvia de fuego. Tras el segundo intento fallido, Armando Leal
desistió de la idea de inventar los cohetes espaciales y llegó a la conclusión
de que la conquista del espacio requería dedicarle tanto tiempo que quizás no
mereciera la pena, y coincidiendo en gran medida con lo que medio siglo más
tarde le dijera en confesión el padre Carlos a Benito García, pensó que si Dios
hubiera querido que los hombres llegaran a otros planetas, los hubiera puesto
más cerca, y se olvidó por completo del asunto. Inventar la pluma de escribir
automática se le antojaba más sencillo, y tras varios meses dándole vueltas a
la mollera, consiguió recomponer un artilugio que, bombeando tinta desde un bombín
a la punta de la pluma a través de un canutillo, escribía a saltos, alternando
palabras visibles con palabras invisibles, en función a la intensidad con que
presionaba la perilla del bombín. Entre una cosa y otra, dejó para más adelante
el asunto de perfeccionar el invento, pero como en su cabeza bullían otros
cientos de ideas, pronto se olvido por completo de la pluma de escribir
automática. Luego estuvo a punto de inventar, por primera vez en la historia,
el mando a distancia, de no haber sido porque las ciencias electrónicas aún
andaban en pañales y porque alguien se le adelantó; aún así, la idea no se le
borró nunca de la cabeza. Cuando un día, a principios del siglo veinte, leyó en
el periódico que un ingeniero santanderino había inventado el telequino, y que,
habiendo mostrado en público la eficacia de su invento y a pesar del entusiasmo
que produjo en los presentes, no se sabía muy bien para qué debía servir,
Armando Leal sintió una enorme frustración y desistió definitivamente de su
empeño de inventar cosas útiles para la humanidad. Fue después de leer
concienzudamente y por última vez el libro de las profecías de Nostradamus,
cuando decidió dedicarse a la fabricación de fideos y a aprender a tocar el
acordeón.
Mientras tanto, el manzano fue creciendo a
sus anchas en medio del patio de la casa de don Fermín Leal, pero para cuando
dio sus primeros frutos, Armando Leal había muerto, bien por causas naturales,
bien por sobrepeso intelectual y frustraciones.
Tuvo que pasar un siglo y cuatro
generaciones, cuando ya nadie se acordaba apenas de quién había sembrado el
manzano, para que Teresa Leal sospechara que aquel árbol tenía algo que ver con
los desmanes mentales de toda la familia y mandara a analizar uno de sus frutos
a un laboratorio de Bruselas. Al tercer día, el laboratorio envió los resultados
por correo electrónico, fue entonces cuando se pudo explicar la causa por la
que la mayoría de los miembros de la familia Leal, tarde o temprano, perdían el
sentido común.
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