sábado, 27 de junio de 2015



Desleída en el agua
-así su belleza-,
ella desleída en el agua.
Desleída en la luz
-ella desnuda en la luz-,
y el salto, el gran salto
por encima de la vida…
y todo se diluye en un instante…
agua, grito, llanto…

martes, 16 de junio de 2015



UN SUEÑO, HERALDO DE ETERNIDADES.

He soñado y mi sueño habló de mí,
habló de un extraño, de soledades.
¡Mi soledad: el Sol, su edad eterna¡
Era yo, pero solo de helio y ciencia,
era yo, sobre un bosque sin raigambres.
En mi sueño aún no existía la noche
sino un día de Luna siempre llena,
era yo y mi corazón invisible.
He soñado y mi sueño habló de mí,
yo era un gran Sol de fricciones y vientos,
Sol solitario lejos de la Tierra,
yo era un Sol de génesis y holocausto,
yo era cobre y ocre al caer la tarde,
solo era un nombre fuera de nosotros.
¡Era yo, pero fuera de la Historia!
¡Era yo, por encima de los atlas!

lunes, 8 de junio de 2015




Ahora es otoño, entre el olor del fin de la lluvia,
me he quedado en el atardecer, orando
y suspenso en la visión del pubis de la Tierra,
rendido ante la áurea epifanía de los cerezos
y la fractalidad de los momentos de la vida.
Un centenar de aves llenan el aire y abren
el nombre de Dios en la boca de sus ángeles,
mientras cierta brisa enreda hilos de seda
entre mis cadencias y los pensamientos.
Ahora es otoño y aquí la Humanidad solo soy yo,
símil del agua, porque el agua tiene su voz,
como  también posee la caída del sol
poder para transformar en piedras preciosas,
austeras rocas bajo la superficie de un remanso…
¡Clepsidra eterna de agua y tiempo, clepsidra
que se lleva el cadáver de una lagartija,
sin solemnidad, hacia su resurrección!
Me he quedado solo en el atardecer,
con mi soledad cayendo dentro del otoño.
Y en mi soledad, la Humanidad solo soy yo,
un hilo de seda sobre el que camina
la conciencia entre dos abismos.
¡Dos abismos: la divinidad y los instintos!

miércoles, 3 de junio de 2015



El viejo Palacio de Vencedores está cerrado,
deshabitado como una antigua vida,
no se puede acceder a él, salvo mirando a través
de una herrumbrosa celosía de volutas y acantos,
a simple vista, la habitación está vacía,
solo un fluorescente desvencijado
cuelga del techo, suspendido por un cable raido,
y abandonadas sobre el pavimento,
cientos de noticias del pasado,
impresas en hojas de periódicos y revistas,
yacen bajo una gruesa capa de polvo.
Su estructura, como cascados huesos humanos,
está a punto de desplomarse,
cuando esto ocurra, caerán sus artesonados,
los frescos de Dios creando el Mundo
y el de Dafne, transformándose en olivo.  
En ese momento la lluvia puede caer desde el cielo,
 o surgir de unos labios…


Siempre quedan algunos asuntos por resolver
-un millón de asuntos sometidos al “tal vez mañana”-,
algunos llantos del ayer y algo de felicidad legendaria,
y aun así, una lágrima puede ser feliz como un hombre,
al caer por el rostro de una diosa.
Quedan canciones por componer, música y letras
para destruir las guerras o dulcificar la pesadumbre
que se oye pegando el oído a la tristeza,
¡Cantad, alzad los corazones, ahora que hay tiempo,
cantad con el pensamiento a todo volumen,
cantad contra la ira, cantad contra la noche
hasta que vibren los ojos de cristal de los tiranos,
como tambores de paz, cantad con los corazones!  
Quedan cumbres por asaltar, frontispicios
y abismos donde lanzar piedras hacia el fondo
como niños midiendo la longitud de la oscuridad.
Queda despertar de los sueños, de la embriaguez
que nos hizo creer que era realidad la vida,
tan real como el hambre de poder o solo el hambre.
Queda soportar el silencio para no oírnos decir
cómo hicimos dioses o cómo ellos nos hicieron.
Queda en la voz un viento de otoño y sabiduría
para deshojar álamos de amor, sombras y secretos,
árboles frondosos que deslizaron sus brazos para cercar
la desnudez vencida por el ardor y la ternura,
álamos bajo los que transcendimos al atardecer
con la calidez del aliento y el sabor dulzón del vapor
que descargan los cuerpos cuando son absorbidos.
Queda el consuelo de creer que ella y él… fuimos,
alguna vez, única pronunciación, elisión perfecta.
Queda la certeza de que para amar
todos conocemos todos los idiomas
y basta excitar los labios para invadir el pensamiento,
queda la certeza de que el amor es universal,
y la soledad es exclusiva, tremendamente exclusiva.
Queda vestirnos, henchidos de orgullo, con las ropas
que les quedaron pequeñas a nuestros hijos,
y asistir con estas galas a nuestra última cena,
aunque en la mesa de los dioses solo seamos tenedores,
simples tenedores para trinchar la carne y el pensamiento.
Queda enfrentarse al aullido del oro, al exponencial brillo
que ensordece la dignidad de nuestro origen.
Queda el anhelo de intentar de nuevo culminar
algunos propósitos, algunas odiseas…
Queda mirarnos como escudriña Hubble el infinito
y reconocer que nuestro fin es la eternidad,
pese a que la eternidad es el huevo de una idea
que no encaja en la humildad de nuestra esencia:
¡Un corazón es nada fuera de su pecho,
como nada es el Hombre fuera de la Tierra!   
Queda creer que nuestras alas son vestigios
de ángeles perdidos en el adagio del tiempo
y que el bien y el mal giran en torno a la libertad
como ruedas de fortuna en la conciencia.
Queda polinizar, como abejorros, palabras para crear
cipreses que finjan señalar la dirección del cielo,
sosegar con símbolos la intimidad de la verdad
o desmesurar falacias para acomodar la belleza
en el fondo de los ojos, al color de nuestros ojos.
Queda la sensación de que durante la lluvia,
los caminos ocultan o pierden sus destinos,
y la esperanza de que al alba, con la luz…
 ...cruzando el agua, un arcoíris gobernará el futuro,
aquel que la juventud quiso invadir a toda costa
y aquel sobre el que la senectud renuncia, 
pero quedan nuestras huellas y una perspectiva:
ellas habrán servido para vencer al pasado,
porque en nuestras huellas quedan los fracasos,
y en nuestras huellas quedan nuestros triunfos.
Queda descubrir las últimas escenas,
que los telones del teatro son rejas en la vida,
descubrir que la experiencia solo sirve
para comenzar a caminar al final del camino.
Queda enhebrar en el alma el frágil hilo de la fe
y abrir las aguas para atravesar el Universo
antes que se agote el tiempo de un milagro.
Queda en la voz la sensación de haber vivido
dentro de un poema… ¡Dentro de un poema!
Queda saber que pronto iré al encuentro de mi muerte,
y que a ese momento lo llamaré el Fin del Mundo,
que el viento posará su lengua en mi oído
y hará que se levante el silencio,
ese día, el día de mi muerte, será
¡El Gran Día de Mis Recuerdos!
Los caminos recorridos cubrirán mi nombre,
pero romperé la muerte con un camión de versos,
así mi muerte será un muro fingido
por el que crecerá la yedra hacía tus sueños,
seré la lluvia -una idea en forma de Zeus-
caída sobre tu pelo, romperé la muerte: LLoveré
y oirás caer mi presencia con la lluvia…