En ese momento
la lluvia puede caer desde el cielo,
o surgir de unos labios…
Siempre quedan
algunos asuntos por resolver
-un millón de
asuntos sometidos al “tal vez mañana”-,
algunos llantos
del ayer y algo de felicidad legendaria,
y aun así, una
lágrima puede ser feliz como un hombre,
al caer por el
rostro de una diosa.
Quedan canciones
por componer, música y letras
para destruir
las guerras o dulcificar la pesadumbre
que se oye pegando
el oído a la tristeza,
¡Cantad, alzad
los corazones, ahora que hay tiempo,
cantad con el
pensamiento a todo volumen,
cantad contra
la ira, cantad contra la noche
hasta que
vibren los ojos de cristal de los tiranos,
como tambores
de paz, cantad con los corazones!
Quedan cumbres
por asaltar, frontispicios
y abismos donde
lanzar piedras hacia el fondo
como niños
midiendo la longitud de la oscuridad.
Queda despertar
de los sueños, de la embriaguez
que nos hizo creer
que era realidad la vida,
tan real como
el hambre de poder o solo el hambre.
Queda soportar
el silencio para no oírnos decir
cómo hicimos dioses
o cómo ellos nos hicieron.
Queda en la voz
un viento de otoño y sabiduría
para deshojar álamos
de amor, sombras y secretos,
árboles
frondosos que deslizaron sus brazos para cercar
la desnudez
vencida por el ardor y la ternura,
álamos bajo los
que transcendimos al atardecer
con la calidez
del aliento y el sabor dulzón del vapor
que descargan
los cuerpos cuando son absorbidos.
Queda el
consuelo de creer que ella y él… fuimos,
alguna vez, única
pronunciación, elisión perfecta.
Queda la
certeza de que para amar
todos conocemos
todos los idiomas
y basta excitar
los labios para invadir el pensamiento,
queda la
certeza de que el amor es universal,
y la soledad es
exclusiva, tremendamente exclusiva.
Queda vestirnos,
henchidos de orgullo, con las ropas
que les
quedaron pequeñas a nuestros hijos,
y asistir con estas
galas a nuestra última cena,
aunque en la
mesa de los dioses solo seamos tenedores,
simples
tenedores para trinchar la carne y el pensamiento.
Queda
enfrentarse al aullido del oro, al exponencial brillo
que ensordece
la dignidad de nuestro origen.
Queda el anhelo
de intentar de nuevo culminar
algunos
propósitos, algunas odiseas…
Queda mirarnos
como escudriña Hubble el infinito
y reconocer que
nuestro fin es la eternidad,
pese a que la
eternidad es el huevo de una idea
que no encaja
en la humildad de nuestra esencia:
¡Un corazón es
nada fuera de su pecho,
como nada es el
Hombre fuera de la Tierra!
Queda creer que
nuestras alas son vestigios
de ángeles
perdidos en el adagio del tiempo
y que el bien y
el mal giran en torno a la libertad
como ruedas de
fortuna en la conciencia.
Queda polinizar,
como abejorros, palabras para crear
cipreses que
finjan señalar la dirección del cielo,
sosegar con
símbolos la intimidad de la verdad
o desmesurar
falacias para acomodar la belleza
en el fondo de
los ojos, al color de nuestros ojos.
Queda la
sensación de que durante la lluvia,
los caminos ocultan
o pierden sus destinos,
y la esperanza
de que al alba, con la luz…
...cruzando el agua, un arcoíris gobernará el
futuro,
aquel que la
juventud quiso invadir a toda costa
y aquel sobre
el que la senectud renuncia,
pero quedan nuestras
huellas y una perspectiva:
ellas habrán
servido para vencer al pasado,
porque en nuestras
huellas quedan los fracasos,
y en nuestras
huellas quedan nuestros triunfos.
Queda descubrir
las últimas escenas,
que los telones
del teatro son rejas en la vida,
descubrir que
la experiencia solo sirve
para comenzar a
caminar al final del camino.
Queda enhebrar
en el alma el frágil hilo de la fe
y abrir las
aguas para atravesar el Universo
antes que se
agote el tiempo de un milagro.
Queda en la voz
la sensación de haber vivido
dentro de un
poema… ¡Dentro de un poema!
Queda saber que
pronto iré al encuentro de mi muerte,
y que a ese
momento lo llamaré el Fin del Mundo,
que el viento
posará su lengua en mi oído
y hará que se
levante el silencio,
ese día, el día
de mi muerte, será
¡El Gran Día de
Mis Recuerdos!
Los caminos
recorridos cubrirán mi nombre,
pero romperé la
muerte con un camión de versos,
así mi muerte
será un muro fingido
por el que
crecerá la yedra hacía tus sueños,
seré la lluvia -una
idea en forma de Zeus-
caída sobre tu
pelo, romperé la muerte: LLoveré
y oirás caer mi
presencia con la lluvia…
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