CAPÍTULO 2
En dos o tres ocasiones levanté la vista
del cuaderno para cruzar la mirada con aquella joven curiosa y sorprenderla,
ella giraba bruscamente la cabeza y miraba avergonzada por la ventanilla del
tren. Era la primera vez que viajaba a Léfina después del accidente. Llevaba
casi todo el viaje intentando concentrarme para escribir algo, pero mis esfuerzos
literarios eran en vano, me faltaba inspiración y recursos, y las pocas ideas
que forzaba en mi cabeza, carecían de sentido. Me preguntaba qué pensaría ella
de aquel pobre viejo al que no le cuajaba ninguna idea, ni era capaz de hilar
dos palabras seguidas con sentido. De repente, alguna musa se apiadó de mí y me
ayudo con un leve empujoncito: Viejo, sí, me sentía viejo como si todo el
tiempo del mundo se hubiera cargado sobre mis hombros. Muchos años atrás,
cuando a uno le puede la curiosidad por saber el porqué de todas las cosas, le
pregunté al viejo Nicolás Paniaguado cuándo se empezaba a ser viejo. Él se
demoró en contestarme, tanto que pensé que me daría una callada por respuesta,
pero no fue así:
-¿Viejo? ¿De verdad quieres saber cuándo
se empieza a ser viejo? Justo en el momento en que se deja de hablar de las
cosas que se hacen y solo se habla de las que se hicieron -me contestó con
cierto aire de erudición, resignación y sarcasmo.
En realidad no sabía exactamente por dónde
empezar a escribir, ni siquiera sabía si quería hacerlo. Tal vez por lo que
sentía en lo más profundo de mi alma, que no era otra cosa más que tristeza,
una gran tristeza que germinó en mi ánimo en el preciso y maldito momento en
que Elena ingresó en el hospital con un traumatismo craneoencefálico y un coma
irreversible. Tristeza por cuanto había vivido sin ser plenamente consciente de
mi existencia, ocupado en la miserable codicia de mis ambiciones, por haber
generado a mi alrededor circunstancias que habían salpicado a los que más
quería con mi propia mezquindad, tristeza quizá por no haber imaginado a tiempo
las consecuencias de mis actos: Debía hablar de la tristeza como principio de
todas las cosas, como de una religión que envolviera cada aspecto de una
existencia basada en acuerdos tácitos entre conceptos contrarios. Diría que la
tristeza nos pesa y que ese pesar nos hace sentirnos plenamente vivos, y
aseguraría, con rigor y sin temor a equivocarme, que le felicidad es tan leve y
efímera, que nos genera el efecto opuesto, amén de que nos inmoviliza. Pero ¿de
dónde nacen las fuerzas que nos permiten cargar con ella sin desvanecer en el
intento y avanzar por la delgada cuerda floja de la vida sin perder el equilibrio?
Difícil respuesta, solo alcanzo a conjeturar que la tristeza es la materia
sobre la que configuramos nuestros sentimientos, y que como en un mineral se
cumplen las leyes físicas que rigen el universo, y a mayor masa más dureza y
resistencia, nuestro corazón puede convertirse en puro cristal de diamante, bello
y gélido. Esta tristeza es la Ley de la Gravedad que nos empuja a caer hacia
los abismos de la monotonía y al pozo de los sinsabores, es la pesadumbre
impuesta para no llegar a ser exacta imagen y exacta semejanza de nuestras
propias aspiraciones. Pero la tristeza también es motor de vida, la única
energía del universo que no se transforma y permanece latente en nuestra
esencia, para así alentarnos a luchar contra sus consecuencias. Esta lucha es
lo que nos hace sentirnos poderosamente vivos: Amamos para combatir a la
tristeza que nos subyuga a la soledad, creemos en religiones y mitos para
combatir a la tristeza que nos proporciona sabernos sometidos a un fin
absoluto, engendramos para combatir a la tristeza que nos arrastra a la
certidumbre de no sentirnos inmortalizados, y sobre todo, combatimos a la
tristeza con el recuerdo, convertido en un arma de doble filo sobre el que
soportamos los escenarios de nuestra vida y sobre los que, a su vez,
maquillamos a nuestros propios actores de emociones tan efímeras como la
felicidad. En definitiva, acumulamos cuanta tristeza nos sea posible con el
firme propósito de hacernos cada vez más humanos y menos groseros. Para ello
disponemos de la libertad, que no consiste más que en elegir la índole de
nuestra particular tristeza.
Por todo esto que digo, no deberíamos
renegar de la tristeza, así como tampoco de su germen, de ese germen que
crecerá y olerá a manzanas, al aroma tibio y dulzón que desprenden las manzanas
cuando las acercas a tu boca y les extraes de un mordisco la melancolía
original, las ansias de conocer más allá de nuestros límites, y la libertad
para pensar y obrar sin cortapisas. Por estos motivos y por el tiempo que me
ocupaba la poesía, dejé de ser poeta -trabajar con la energía de la tristeza contamina
el alma y la hace estallar en mil pedazos-. Pero es cierto que cada nuevo día
es un verso cabalgado entre el día pasado y el día siguiente, y que cuando el
poema por fin tiene sentido, todo se ha consumado, y falta sólo el valor para
leerlo.
En
estas sinrazones andaba distraído mi pensamiento cuando el tren comenzó a
aminorar la marcha, por lo que volví a la realidad, al tiempo que una voz
altisonante intentaba advertirme de que todavía no había llegado a la estación
de destino.
-Aún falta un rato para llegar, si paramos,
es por obras.
Miré a aquel muchacho, asintiendo con la
cabeza y con una falsa sonrisa de agradecimiento. Me preguntaba quién carajo le
había dado vela en mi propio entierro. Elena siempre me reprochaba las reacciones
coléricas que me provocaban estas interrupciones del pensamiento. Con el tiempo
aprendí a controlarlas y, haciendo de tripas corazón, a veces me muerdo la
lengua. Volví a leer lo que había escrito, y me pareció tan patético y aburrido,
que arranqué las dos hojas del cuaderno e hice con ellas una pelota de papel
que, por no saber a dónde arrojarla, me guardé en el bolsillo.
Desde el accidente nunca más he vuelto a
conducir. Si tengo que viajar procuro hacerlo en tren y si puedo, evito todo lo
que se mueve a alta velocidad. De un sólo golpe perdí la celeridad de mi vida y
toda su parafernalia: los asuntos urgentes, las interminables reuniones de
trabajo, los endemoniados dosieres que debían estar en la mesa del director
comercial a primera hora de la mañana, los presupuestos para ayer, los “esta
misma tarde debe estar usted en la capital y ocuparse de…”, los números que no
cuadran, las citas precipitadas con alguna compañera del trabajo... Todavía, a
pesar de que ha transcurrido casi un año desde el accidente, me sobresalto
cuando suena un móvil, temo que de repente un airbag invisible se va a accionar
para estamparse sobre mi cara y que voy a perder el conocimiento. El psicólogo
me aseguró que ésta y otras sensaciones se repetirían durante algún tiempo, que
eran efectos postraumáticos, normales después de sufrir un revés de semejante
índole, y añadió a su diagnóstico que no debía preocuparme, que con el paso del
tiempo y una dosis diaria de ansiolíticos, sanarían las heridas y cicatrizarían
los recuerdos. Más o menos, lo mismo habría dicho el difunto don José Amador,
salvo que con otras palabras y otro remedio de su propia farmacopea,
posiblemente láudano; o el viejo Nicolás Paniaguado que, basándose en
experiencia propia, solía decir que para algunas heridas, sólo el tiempo es
bálsamo. Daría lo que fuera a cambio de que Elena despertara del coma para
tener la oportunidad de pedirle perdón por mi necedad y mi negligencia, o por
ver de nuevo la sonrisa que se le dibujaba en la cara cuando leía El Libro de las
Onomatopeyas de su padre. Me cambiaría por ella sin dudarlo un instante.
El tren había cruzado ya la difusa línea
que separa las marismas de la tierra firme, por lo que la llegada a Léfina
estaba próxima, calculaba que a menos de cinco minutos. Comenzaba el verano y,
habiendo sido un año de sequía, las tierras aledañas a las vías del tren se
notaban vetustas, sedientas, humilladas por el abuso agrícola y el sol que a mi
padre siempre le había parecido un enorme huevo frito.
-¿Y ahora, por qué leches paramos? –preguntó
con tono insolente la joven que durante todo el trayecto no había dejado de
mirarme de soslayo y de enviar mensajes por un teléfono móvil de última
generación, de cuyo nombre, en inglés, no soy capaz de acordarme.
-Esta obra es un coñazo, llevan dos meses
arreglando las vías y no avanzan una mierda -justificó aquel muchacho que
viajaba frente a mí y que, a pesar de llevar encajados en las orejas unos
auriculares, había oído la queja de la joven. Posiblemente también estuviera
atento a sus muslos, exhibidos en abundancia por debajo de una escueta
minifalda y reflejados en los cristales de la ventanilla del tren, -de quince a
veinte minutos no hay Dios que nos libre -continuó diciendo.
Léfina está a un tiro de piedra, si no
fuera por el sofocante calor, me apearía y haría el resto del camino andando.
Espero que todo el papeleo esté listo y baste con firmar y punto. No quiero
pasar ni un minuto más de lo necesario en el pueblo, pensé antes de perder la
mirada por la ventanilla del vagón:
Hacía tanto tiempo que no veía un elanio
azul, que podría haber jurado que se habían extinguido de la faz de la tierra,
pero no, seguían existiendo y allí, justo ante mis ojos, había uno dándome la
bienvenida tras el cristal empañado por la condensación del aire acondicionado,
suspenso en el cielo y con las alas extendidas, al acecho de algún roedor que
andaría robando granos de trigo antes de que las cosechadoras decapitaran las
mies. La metáfora me trajo a la mente la idea de que Dios era como un elanio
azul, creado a su imagen y semejanza, suspenso en el cielo y al acecho de
alguna presa fácil. Al fondo se anticipaba la sierra con sus suaves
estribaciones, y varias piaras de cerdos ibéricos, negros como cortezas de
ébano, gastaban la sombra de las encinas en dehesas centenarias, declaradas por
la Unesco Parque Natural y Patrimonio de la Humanidad. Más allá, al pie de
aquellas desgastadas cimas, donde recuerdo surtidores de aguamiel resumidos del
corazón de las piedras, se alzaba una hilera de álamos, cuyas ramas,
entrelazadas con sutiles sinalefas,
formaban alamedas donde el viento socarrón de la sierra se amansaba en
rumores de brisa. En aquellos lugares, antaño, sobreabundaban el romero y la
manzanilla, la mejorana y la alhucema, aromas que se podían fumar y echártelos
a pecho sin temor a perder el sentido común. En las antípodas del horizonte se
extendían las planicies lacustres, antesalas del Atlántico, a las que el
dictador primero, y los presidentes demócratas más tarde, llegarían con sus
séquitos políticos a cazar ciervos de longevas cornamentas. Para el resto del
mundo se habían prohibido la caza mayor y el acceso a la gran madre naturaleza.
Solo los perros salvajes, con sus crueles miradas y sus sanguinarios olfatos,
entraban y salían del coto a su antojo, desatendiendo las leyes y trayendo,
mordidos en sus fauces, conejos cobrados entre las jaras y los lentiscos. En
realidad, sólo los perros salvajes, unos cuántos biólogos y la clase política,
podían entrar y salir del parque natural, para el resto de los mortales estaba
vedado el paso para no contaminar el paisaje. Justamente allí, en aquel doble
fondo lacustre y marino, crecían a capricho los manzanos, alejados de la boca
de la mujer y de la tentación del hombre, y alrededor de ellos, los viejos
linces que se habían salvado de la extinción, merodeaban al acecho de una presa
con la que saciar el hambre. Era el Jardín de las Hespérides, el lugar donde
las rosáceas podían expeler su olor frutal a los cuatro vientos, y el lugar
donde el pensamiento se podía confundir plácidamente para olvidar los malos
tragos que depara la vida. De tarde en tarde, también se dejaban sentir los
galopes de las últimas manadas de caballos salvajes del país, que alertados por
las cámaras de televisión que iban y venían rodando documentales, huían en
estampida hacía lugares más seguros. Alguna vez, si el viento corría a favor,
se podía oír el tumulto de las aves migratorias que hacían primaveras en las
charcas. No en vano, recios olmos engalanaban la ribera del Guadalquivir como
heraldos alienados en masa e interesados en guardar secretos milenarios,
secretos de civilizaciones que se pierden en los anales del tiempo, secretos
acerca de los que llegaron de Tharsis, de Cartago, de Fenicia, del Imperio
Romano, de los árabes -cuando los árabes monopolizaban el esplendor de la
sabiduría-, de los caballeros cristianos que reconquistaron los reinos nazaríes....
Ahora, paisajes quebrados y áridos, drenados por un sol enervante, convierten
la artesanía natural en un rococó de resecas flores de acanto. Sí, hoy puedo
afirmar con amplia perspectiva que aquel era el único lugar del mundo donde
pude haber sido feliz y estar por encima de los umbrales del sufrimiento que
infecta el alma con escaras de tristeza. Vivir ya no tiene sentido. Dejé por un
momento de mirar por la ventanilla y me fijé en aquella muchacha envuelta en
planes de futuro y cierta sensualidad juvenil, pero no me inspiraba más
sentimiento que tristeza, o cierta lástima por lo que se le venía encima y por
la ingenuidad con que estaba dispuesta a afrontar los vaivenes de la vida. En
otro tiempo me hubiera fijado detenidamente en ella, e incluso me hubiera
acercado para sentirle el aroma a fruto prohibido, pero no me quedaban ánimos
para andar por ese terreno farragoso. Y también me fijé en aquel pobre infeliz,
vestido con aires de modernidad, sudadera de propaganda de Coca-cola, vaqueros
desaliñados y rotos a jirones, con la cabeza enredada en cables, y que durante
todo el trayecto había estado escuchando heavy o algo parecido que se le
escapaba fastidiosamente de los auriculares. La verdad es que no me produjo más
que indiferencia. El resto del vagón estaba vacío. Por última vez volví a mirar
por la ventanilla y vi el viejo laurel que coronaba una leve loma y bajo el que
mi padre se quedó poéticamente dormido, pensando en sus cosas.
Había transcurrido casi un año desde que el
accidente me cambió la vida, arrebatándome el alma y la conciencia de Elena, y
aún seguía estancado en el mismo lodo, mezcla de culpabilidad y frustración por
la falta de esperanzas. El día del accidente, ella me había propuesto viajar en
tren porque, según el pronóstico del tiempo, conforme avanzara la noche, la
niebla cubriría todo el sur de España, pero yo insistí en que en coche llegaríamos
antes y volveríamos a tiempo, y le argumenté que los entierros no esperan. Si
le hubiera hecho caso y seguido sus consejos, ahora podríamos estar discutiendo
acerca de los asuntos irrelevantes que nos hacían sentirnos vivos, complementos
y contrarios, hechos el uno para el otro, o al menos, acomodados en ese segundo
plano que reserva el amor para justificarse cuando el ardor de las primeras
impresiones y la pasión se disipa en la cotidianidad de la vida.
La mayoría de mi tiempo lo paso en el hospital,
hablo con ella, le describo viejas fotografías familiares y le leo obras de
teatro, o El Libro de las Onomatopeyas de su padre. A veces le hablo de mi
familia y de sus peculiaridades, de la realidad y de las historias simultáneas
que se inventa la gente, y que a veces me confunden incluso a mí. Necesito
creer que me escucha, aunque los médicos lo dudan, dado su estado vegetativo, incluso
me han hablado de la posibilidad de que cualquier día deje de respirar, pero yo
mantengo la esperanza de que en cualquier momento abrirá los ojos y despertará
del coma, y de que, como mínimo, me recriminará por qué diablos no le hice caso
o por qué puñetera razón tuve que contestar la llamada del móvil en mitad de
aquella niebla espesa. Debimos habernos quedado a dormir en Léfina, como
también sugirieron mi padre y mi tía Teresa, pero mi maldita fatiga por llegar a tiempo al trabajo, me arrastró a la
desdicha.
-Quedaros en casa, por desgracia hay
habitaciones de sobra, la noche no está para coger carreteras.
-Por una vez, hazle caso a tu padre -dijo
mi tía Teresa al tiempo que nos traía un caldo caliente para aliviar el frío
del invierno y la sensación gélida que deja la muerte en el cuerpo, -viajar con
esta niebla es una locura.
-Tu tía y tu padre tienen razón, deberíamos
quedarnos y salir por la mañana, descansados.
-De sobras sabes que no debo dejar para
mañana lo que puedo hacer hoy -le contesté a Elena-, además, mañana se decide
la apertura de una nueva franquicia y debo estar allí, sí o sí -concluí
tajantemente.
La noche era idónea para que se cumplieran
los malos presagios. El eterno retorno debería ser una verdad irrefutable y
servir para algo más que para repetirnos en la eternidad sin principio ni
gloria, o para estar a tiempo de corregir las malas decisiones.
Entretanto, el tren había llegado a Léfina.
Me apeé con el escaso equipaje de mano que llevaba: una carpeta con los
documentos necesarios para la gestión que me ocupaba, y un cuaderno recién
estrenado al que le faltaban las dos primeras hojas en las que había escrito
unas cuantas frases malogradas que pretendían convertirse en una novela. Allí,
en medio del andén, me quedé parado como un pasmarote, como muchos años antes
se quedó mi padre, el día que volvió del seminario, cargado de incertidumbre,
tras la muerte de su madre, la santa doña Elvira.
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