domingo, 31 de agosto de 2014
La memoria es el recipiente
que contiene la vida.
La poesía, el recipiente
que contiene la memoria.
J F Fishman.
Tu corazón, diccionario de índoles y vocablos,
llega y late en el aire de estos campos eternos.
Escritos en salmos sobre la hierba tierna
oleremos el aliento de tus versos
sin sentir tanta tristeza por tu muerte.:
Te oleremos el alma entre el pomar y las higueras,
en los destellos dulzones de la aurora enredada
entre ramas que huyen de malvados Apolos.
Te veremos caer de la lluvia en miles de palabras
y moldear, con ideas nuevas, puros cuerpos de barro.
Te veremos crecer en el trigo que tiembla de viento,
en la mansedumbre de los verdegales que musitan
silencios o sonidos fruidos en versos.
Te harás cincel sobre la roca abrupta y curvarás
su piel para formar la primera mujer de la vida.
(Tendrás, en tus manos, el poder de hacerte ser,
o de poetizarte en cualquier instante).
Te harás visible en el resplandor del atardecer
que arde en los labios de la tierra al besar la noche.
Te harás indicios en la miel de los enjambres,
en los libelulares vuelos de los ángeles,
en los dulcémeles que toca la brisa del río
filtrada por los sauces y los girasoles.
Te lamerá la lenta lengua del céfiro
a su paso por el valle y el espacio,
y al agitar su cauce, serás tú el dorado cáliz.
Vivirás sobre el agua en palafitos de cristales
junto al rio de tus fenicios,
jugarás a pleonasmos oculto entre los álamos,
entre la maleza de los naranjales,
revivirás en los pífanos cantares de los pájaros
y en los élitros invisibles de los grillos tenores.
¡Qué poca muerte habrá afectado a tus sentidos!
Y cuando bajen a la Tierra los ángeles tahúres,
tus brazos, cíngulos al alba, ceñirán las luces
del nuevo día, lentamente, midiendo sílabas.
JUAN FRANCISCO SÁNCHEZ ANDRADES
©copyright
¡EVOHÉ!
¡EVOHÉ!
Cada mañana y con la aurora temprana de dedos de rosa, aquel al que todos llamaban el Poeta, paseó por las inmediaciones de Léfina, sin rumbo fijo, sin afán y a la deriva. Aquella última y gélida mañana de diciembre, algunas nubes de plata y zinc, herían el sur, una suave neviza descendía del cielo como lluvia de piedras preciosas. Un tímido amanecer había creado luz en el espacio aéreo de Léfina, un pueblo lleno de misericordia, de atalayas y descuidos; un pueblo por el que los ambages del tiempo y la peculiaridad de su gente, jamás permitieron esclarecer su anacronismo.
El Poeta, constructor de su propio empíreo y abstraído por el deseo de aquilatar los acervos de la vida, en los últimos años, se había consagrado a la observación del mundo. La vara de un acebuche le servía de cayado y de arma para ahuyentar insectos. Con ella segaba el aire mientras rebuscaba en su cabeza ideas dignas de ser pensadas.
La erosión del viento tórrido del mediodía y el Ministerio de Obras Públicas, habían convertido los frondosos caminos de Léfina en carreteras de alquitrán y polvaredas de humo negro, por donde sólo las hormigas, alienadas, se atrevían a cruzar. Un salto industrial en su cerebro, le hizo relacionar aquella imagen con la visión calcinada del mundo obrero del poeta Lundkvist. Y con tanto ahínco ajustó la memoria, que recordó al pie de la letra dos versos exactos: Cuando los obreros salen por las puertas de las fábricas / se ríen altaneros de la pálida luna.
El Poeta solía fruncir el ceño con cierto carácter filosófico y aires de preocupación. Pero, en realidad, sólo lo hacía cuando se creía en posesión de una idea interesante. En aquel preciso momento, un pájaro, caído de frío en mitad del camino, le estimuló de nuevo la memoria: Practicó otro doble salto mental, recordó a Kavafis y, tras orar un Padre Nuestro y tres Aves María por el alma del pájaro caído, declamó en su honor algunos versos del poeta griego: Desafortunados son nuestros esfuerzos / como aquellos de los troyanos...
De pronto, una leve lluvia comenzó a morir contra la tierra, y la tierra, húmeda y fértil, levantó su olor hacia el cielo. El Poeta se protegió bajo un laurel solitario que, como aspaviento, extendía una de sus ramas hacia el horizonte. Por un momento creyó sentirse Rilke; miró hacia el árbol y descubrió en las pequeñas vetas del reborde de sus hojas, la sonrisa de una brisa. Tenía cansado el corazón y Léfina, difusa en el espacio, quedaba algo lejos para pedir ayuda. Por última vez en su vida divisó la silueta de su pueblo, lo vio con el mismo asombro que muchos años atrás, la había descubierto desde el cielo, volando con el capitán Kindelan en la Cleo de Merode, una avioneta de ferias y piruetas, de la que quedan algunos restos del fuselaje en una lúgubre bodega. Desde entonces, aseguraba que Léfina, vista desde arriba, parecía un ojo almendrado. En realidad, apenas unos cuantos edificios modernos y un par de naves industriales construidas en su periferia, la habían cambiado su forma helénica. De nuevo y, haciendo un estimable ejercicio nemotécnico, en virtud de los inexorables hilos de la interrelación de ideas, evocó la correspondencia entre su pueblo y Martinson:
"En el pueblo natal, en el jardín esponjado por/ las lombrices crece todavía la aguileña/ y en todas las casas se oye el antiguo tictac de los/altos relojes de pesa./ El humo asciende de las cabañas como/ rectas columnas del sacrificio./ Y para aquellos que vienen de allá afuera/ del duro trabajo de los mares mundiales y de las/calles de puta de Barcelona,/este sereno pueblecito se presenta como una men-/ tira silenciosa./ Una mentira junto a la que les gustaría demorarse./ Una mentira por la que uno querría pisotear todas las terribles verdades.”
La lluvia arreció y flageló sin juicio la gorda cabeza del mundo. Aquel al que todos llamaban el Poeta se protegió con un impermeable de un sólo uso y allí, en mitad de la nada, enhebró los entresijos de su pensamiento: En efecto, como corolario que fluyera del poema de Martinson, se configuró Léfina ante sus ojos, como si en verdad fuera un lugar de mentira. Y de aquel guirigay de elucubraciones, analogías, requilorios y recuerdos, se reveló la realidad de un pueblo puesto en mitad de la Historia con una dignidad solemne, al margen del progreso y las zozobras convencionales. Pero aquello ya no merecía importancia, la tierra seguía mojándose como hembra en celo, olía a barro y a creación. Presintió en todo su cuerpo que era el momento perfecto para morir y, por primera vez en su vida, se llenó de felicidad. Cuando la lluvia cesó, el cielo se abrió de par en par y el poeta y el hombre miró por última vez hacia el sol que siempre le había parecido un enorme huevo frito.
JUAN FRANCISCO SÁNCHEZ ANDRADES
©copyright
Cada mañana y con la aurora temprana de dedos de rosa, aquel al que todos llamaban el Poeta, paseó por las inmediaciones de Léfina, sin rumbo fijo, sin afán y a la deriva. Aquella última y gélida mañana de diciembre, algunas nubes de plata y zinc, herían el sur, una suave neviza descendía del cielo como lluvia de piedras preciosas. Un tímido amanecer había creado luz en el espacio aéreo de Léfina, un pueblo lleno de misericordia, de atalayas y descuidos; un pueblo por el que los ambages del tiempo y la peculiaridad de su gente, jamás permitieron esclarecer su anacronismo.
El Poeta, constructor de su propio empíreo y abstraído por el deseo de aquilatar los acervos de la vida, en los últimos años, se había consagrado a la observación del mundo. La vara de un acebuche le servía de cayado y de arma para ahuyentar insectos. Con ella segaba el aire mientras rebuscaba en su cabeza ideas dignas de ser pensadas.
La erosión del viento tórrido del mediodía y el Ministerio de Obras Públicas, habían convertido los frondosos caminos de Léfina en carreteras de alquitrán y polvaredas de humo negro, por donde sólo las hormigas, alienadas, se atrevían a cruzar. Un salto industrial en su cerebro, le hizo relacionar aquella imagen con la visión calcinada del mundo obrero del poeta Lundkvist. Y con tanto ahínco ajustó la memoria, que recordó al pie de la letra dos versos exactos: Cuando los obreros salen por las puertas de las fábricas / se ríen altaneros de la pálida luna.
El Poeta solía fruncir el ceño con cierto carácter filosófico y aires de preocupación. Pero, en realidad, sólo lo hacía cuando se creía en posesión de una idea interesante. En aquel preciso momento, un pájaro, caído de frío en mitad del camino, le estimuló de nuevo la memoria: Practicó otro doble salto mental, recordó a Kavafis y, tras orar un Padre Nuestro y tres Aves María por el alma del pájaro caído, declamó en su honor algunos versos del poeta griego: Desafortunados son nuestros esfuerzos / como aquellos de los troyanos...
De pronto, una leve lluvia comenzó a morir contra la tierra, y la tierra, húmeda y fértil, levantó su olor hacia el cielo. El Poeta se protegió bajo un laurel solitario que, como aspaviento, extendía una de sus ramas hacia el horizonte. Por un momento creyó sentirse Rilke; miró hacia el árbol y descubrió en las pequeñas vetas del reborde de sus hojas, la sonrisa de una brisa. Tenía cansado el corazón y Léfina, difusa en el espacio, quedaba algo lejos para pedir ayuda. Por última vez en su vida divisó la silueta de su pueblo, lo vio con el mismo asombro que muchos años atrás, la había descubierto desde el cielo, volando con el capitán Kindelan en la Cleo de Merode, una avioneta de ferias y piruetas, de la que quedan algunos restos del fuselaje en una lúgubre bodega. Desde entonces, aseguraba que Léfina, vista desde arriba, parecía un ojo almendrado. En realidad, apenas unos cuantos edificios modernos y un par de naves industriales construidas en su periferia, la habían cambiado su forma helénica. De nuevo y, haciendo un estimable ejercicio nemotécnico, en virtud de los inexorables hilos de la interrelación de ideas, evocó la correspondencia entre su pueblo y Martinson:
"En el pueblo natal, en el jardín esponjado por/ las lombrices crece todavía la aguileña/ y en todas las casas se oye el antiguo tictac de los/altos relojes de pesa./ El humo asciende de las cabañas como/ rectas columnas del sacrificio./ Y para aquellos que vienen de allá afuera/ del duro trabajo de los mares mundiales y de las/calles de puta de Barcelona,/este sereno pueblecito se presenta como una men-/ tira silenciosa./ Una mentira junto a la que les gustaría demorarse./ Una mentira por la que uno querría pisotear todas las terribles verdades.”
La lluvia arreció y flageló sin juicio la gorda cabeza del mundo. Aquel al que todos llamaban el Poeta se protegió con un impermeable de un sólo uso y allí, en mitad de la nada, enhebró los entresijos de su pensamiento: En efecto, como corolario que fluyera del poema de Martinson, se configuró Léfina ante sus ojos, como si en verdad fuera un lugar de mentira. Y de aquel guirigay de elucubraciones, analogías, requilorios y recuerdos, se reveló la realidad de un pueblo puesto en mitad de la Historia con una dignidad solemne, al margen del progreso y las zozobras convencionales. Pero aquello ya no merecía importancia, la tierra seguía mojándose como hembra en celo, olía a barro y a creación. Presintió en todo su cuerpo que era el momento perfecto para morir y, por primera vez en su vida, se llenó de felicidad. Cuando la lluvia cesó, el cielo se abrió de par en par y el poeta y el hombre miró por última vez hacia el sol que siempre le había parecido un enorme huevo frito.
JUAN FRANCISCO SÁNCHEZ ANDRADES
©copyright
sábado, 30 de agosto de 2014
Aún no sé, hablando de poesía, si te ríes
o me dices la verdad, luego me susurras:
“La cafetera del bar donde trabajo,
suena al silbato de las locomotoras
de las novelas de Pasternak...”
Y me besas en la boca sin terminar la frase:
“ De seos catedralicios son los sexos...”
Y cierta ironía cariñosa se te pinta en los labios.
Me besas y me dices que a veces me parezco
al mismísimo Malachi Mulligan, e incluso
que mi nombre tiene, como el personaje de Ulises,
cierta músicalidd helénica. Y te ríes,
y me besas sin voluntad de guerra.
Y devaneas en torno a mis ideas sólo en bragas:
“Como la cuerda abierta suspensa de la rama
espero que salga tu temblorosa lengua...”
Ofreces tu néctar y sigues alimentando la sonrisa:
“ A las diosas nos gustan que nos miren,
que lleguéis al templo con la cabeza alta,
a las diosas nos gusta que nos rocen
los poetas con la punta de sus versos,
que os inmoléis por nuestros nombres
sobre húmedos altares de rosas e inciensos”.
JUAN FRANCISCO SÁNCHEZ ANDRADES
©copyright
o me dices la verdad, luego me susurras:
“La cafetera del bar donde trabajo,
suena al silbato de las locomotoras
de las novelas de Pasternak...”
Y me besas en la boca sin terminar la frase:
“ De seos catedralicios son los sexos...”
Y cierta ironía cariñosa se te pinta en los labios.
Me besas y me dices que a veces me parezco
al mismísimo Malachi Mulligan, e incluso
que mi nombre tiene, como el personaje de Ulises,
cierta músicalidd helénica. Y te ríes,
y me besas sin voluntad de guerra.
Y devaneas en torno a mis ideas sólo en bragas:
“Como la cuerda abierta suspensa de la rama
espero que salga tu temblorosa lengua...”
Ofreces tu néctar y sigues alimentando la sonrisa:
“ A las diosas nos gustan que nos miren,
que lleguéis al templo con la cabeza alta,
a las diosas nos gusta que nos rocen
los poetas con la punta de sus versos,
que os inmoléis por nuestros nombres
sobre húmedos altares de rosas e inciensos”.
JUAN FRANCISCO SÁNCHEZ ANDRADES
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viernes, 29 de agosto de 2014
A veces, al amanecer, coincido con la Señora Mila
cuando baja a pasear su perrita cansada y nívea,
multiplicados por siete, tendría unos noventa años humanos,
aún así, mi perro la olisquea, juega y salta sobre ella
en un vano intento de rejuvenecerla.
Al principio, solo hablábamos de asuntos caninos,
de cómo un perro siente y ama, sobre los parásitos,
o sobre qué tipo de piensos son más nutritivos;
con el tiempo, me ha ido contando “cosas que pasaron”,
por ejemplo, que sus hijos viven y trabajan en Bélgica,
y que está sola, sola con su perrita cansada y nívea,
pero que una vez al año vuelven a España
y ella los espera como si fuera a parirlos de nuevo…
me cuenta que tanta soledad le abruma,
y que para romper la soledad, escribe versos,
-versos bobos, no vaya usted a creer que soy poetisa,
ni siquiera conozco la mitad de las palabras del diccionario…
Me cuenta que escribe sobre su esposo fallecido,
sobre el vigoroso esposo de sus sueños,
escribe sobre una tarde de cine en la que él…
…intentó, tímidamente, separar sus rodillas,
-pero no obtuvo éxito, sino un gesto despectivo.
En el fondo lo estaba deseando, delata su sonrisa.
Escribe también sobre los malos tragos,
sobre cómo le cayó la vida por sorpresa,
sobre cómo fue madre urgente por un arrebato tonto,
el mismo año en que su padre se disparó en la boca,
perturbado por las atrocidades de la guerra.
-Tuvimos que trabajar duro, muy duro, sin piedad,
las cosas no eran como son ahora, pasamos mucha hambre,
el hambre era el pan nuestro de cada día,
¡Cuántas calamidades, por cualquier diarrea te morías!
Trabajé en casas de bien fregando suelos, trabajé
de sol a sol en los campos, preñada hasta las orejas.
Tuvimos que inventarnos qué sería la felicidad
para no volvernos locas de tristeza, por eso no llorábamos…
Pero en fin, que le voy a contar a usted, Francisco,
solo son cosas que pasaron, cosas que cayeron.
-Además -dice sonriendo como quien llora dentro del alma-,
¿A quién le importarán mis versos?
Yo también sonrío, sonrío y en cierto modo me avergüenzo:
Sabe usted una cosa? Me resolvió un pequeño dilema,
esta mañana, antes de salir a pasear a mi perro
no sabía si escribir sobre el mito de Teseo y Ariadna,
o sobre las infidelidades de un poeta hacia sus compromisos.
JUAN FRANCISCO SÁNCHEZ ANDRADES
©copyright
cuando baja a pasear su perrita cansada y nívea,
multiplicados por siete, tendría unos noventa años humanos,
aún así, mi perro la olisquea, juega y salta sobre ella
en un vano intento de rejuvenecerla.
Al principio, solo hablábamos de asuntos caninos,
de cómo un perro siente y ama, sobre los parásitos,
o sobre qué tipo de piensos son más nutritivos;
con el tiempo, me ha ido contando “cosas que pasaron”,
por ejemplo, que sus hijos viven y trabajan en Bélgica,
y que está sola, sola con su perrita cansada y nívea,
pero que una vez al año vuelven a España
y ella los espera como si fuera a parirlos de nuevo…
me cuenta que tanta soledad le abruma,
y que para romper la soledad, escribe versos,
-versos bobos, no vaya usted a creer que soy poetisa,
ni siquiera conozco la mitad de las palabras del diccionario…
Me cuenta que escribe sobre su esposo fallecido,
sobre el vigoroso esposo de sus sueños,
escribe sobre una tarde de cine en la que él…
…intentó, tímidamente, separar sus rodillas,
-pero no obtuvo éxito, sino un gesto despectivo.
En el fondo lo estaba deseando, delata su sonrisa.
Escribe también sobre los malos tragos,
sobre cómo le cayó la vida por sorpresa,
sobre cómo fue madre urgente por un arrebato tonto,
el mismo año en que su padre se disparó en la boca,
perturbado por las atrocidades de la guerra.
-Tuvimos que trabajar duro, muy duro, sin piedad,
las cosas no eran como son ahora, pasamos mucha hambre,
el hambre era el pan nuestro de cada día,
¡Cuántas calamidades, por cualquier diarrea te morías!
Trabajé en casas de bien fregando suelos, trabajé
de sol a sol en los campos, preñada hasta las orejas.
Tuvimos que inventarnos qué sería la felicidad
para no volvernos locas de tristeza, por eso no llorábamos…
Pero en fin, que le voy a contar a usted, Francisco,
solo son cosas que pasaron, cosas que cayeron.
-Además -dice sonriendo como quien llora dentro del alma-,
¿A quién le importarán mis versos?
Yo también sonrío, sonrío y en cierto modo me avergüenzo:
Sabe usted una cosa? Me resolvió un pequeño dilema,
esta mañana, antes de salir a pasear a mi perro
no sabía si escribir sobre el mito de Teseo y Ariadna,
o sobre las infidelidades de un poeta hacia sus compromisos.
JUAN FRANCISCO SÁNCHEZ ANDRADES
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martes, 26 de agosto de 2014
Ningún poeta quiere dejar de morir un solo instante…
…ni de vivir… ni de amar… ni de hurgar en heridas…
Un poeta es capaz de hacer cosas extraordinarias,
yo mismo enrolo palabras sobre olas y las lanzo al mar,
algunas serán pecios en la memoria, otras,
varadas y en silencio, encallarán en alguna orilla opuesta.
Yo mismo podría convertir en isla desierta
la multitud solitaria de una gran ciudad.
Cualquier poeta puede perder el tiempo
escribiendo sobre el amor en lugar de hacerlo,
-es la máxima expresión de la autocomplacencia-,
yo mismo debería amordazar mi pensamiento
o dejar de calcular números áureos sobre el cuerpo
y la piel de la mujer que me ama, y amarla.
Cualquier poeta puede guardar un recuerdo
como un perro entierra un hueso para comer mañana,
yo mismo desentierro viejas impresiones del pasado
y las reconvierto en resurrecciones o misericordia.
Cualquier poeta puede permanecer siete días completos
sobre una pared en blanco sin pestañear
y descomponer la luz blanca en setenta mil conceptos.
Cualquier poeta en su sano juicio reconoce
cuántos hombres comen los dioses cada noche,
y que sobrevivir al alba es todo un éxito.
Cualquier poeta sabe que el filo de una navaja
separa los pecados en dos grandes grupos:
Los que olvidamos y los que cargamos bajo la mirada
como auténticos ángeles caídos,
yo mismo peco, peco y me redimo
y cuando escribo confieso o maldigo
cuántas veces no quise ser quien he sido.
Cualquier poeta sabe que emperifollar los versos
es un modo de sacudir la tristeza del alma,
yo mismo describo pájaros rarísimos apostados
sobre la infinita sinalefa de un cable de teléfono.
¡Esos pájaros cantan alegremente mi tristeza!
Cualquier poeta podría absorber la lluvia
y exhalar su esencia evaporada hacia el cielo,
yo mismo he dicho que la lluvia son millares de fonemas
golpeando sobre la tierra: ideas, ideas… ideas…
JUAN FRANCISCO SÁNCHEZ ANDRADES
©copyright
…ni de vivir… ni de amar… ni de hurgar en heridas…
Un poeta es capaz de hacer cosas extraordinarias,
yo mismo enrolo palabras sobre olas y las lanzo al mar,
algunas serán pecios en la memoria, otras,
varadas y en silencio, encallarán en alguna orilla opuesta.
Yo mismo podría convertir en isla desierta
la multitud solitaria de una gran ciudad.
Cualquier poeta puede perder el tiempo
escribiendo sobre el amor en lugar de hacerlo,
-es la máxima expresión de la autocomplacencia-,
yo mismo debería amordazar mi pensamiento
o dejar de calcular números áureos sobre el cuerpo
y la piel de la mujer que me ama, y amarla.
Cualquier poeta puede guardar un recuerdo
como un perro entierra un hueso para comer mañana,
yo mismo desentierro viejas impresiones del pasado
y las reconvierto en resurrecciones o misericordia.
Cualquier poeta puede permanecer siete días completos
sobre una pared en blanco sin pestañear
y descomponer la luz blanca en setenta mil conceptos.
Cualquier poeta en su sano juicio reconoce
cuántos hombres comen los dioses cada noche,
y que sobrevivir al alba es todo un éxito.
Cualquier poeta sabe que el filo de una navaja
separa los pecados en dos grandes grupos:
Los que olvidamos y los que cargamos bajo la mirada
como auténticos ángeles caídos,
yo mismo peco, peco y me redimo
y cuando escribo confieso o maldigo
cuántas veces no quise ser quien he sido.
Cualquier poeta sabe que emperifollar los versos
es un modo de sacudir la tristeza del alma,
yo mismo describo pájaros rarísimos apostados
sobre la infinita sinalefa de un cable de teléfono.
¡Esos pájaros cantan alegremente mi tristeza!
Cualquier poeta podría absorber la lluvia
y exhalar su esencia evaporada hacia el cielo,
yo mismo he dicho que la lluvia son millares de fonemas
golpeando sobre la tierra: ideas, ideas… ideas…
JUAN FRANCISCO SÁNCHEZ ANDRADES
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jueves, 21 de agosto de 2014
INALCANZABLE DAFNE.
INALCANZABLE DAFNE.
En el nexo entre la noche y lo soñado,
solo existe un nombre de mujer:
Inexorable Dafne,
solo la lluvia entrará en tu cuerpo,
Inexorable Dafne.
¿Para qué nos querrán los dioses?
Alguna noche, cuando se parta el cielo
como rompe un parto, lo sabremos.
Caerán entonces témpanos de tiempo,
y nuestros pensamientos,
inevitablemente,
serán demolidos por las piedras del
olvido,
a ese momento lo llamaremos Muerte.
Mientras esperamos,
bajo el horizonte, todos somos
Belerofonte:
Pequeños mitos humanos con misivas
de las que no podemos sustraernos.
Mientras esperamos,
todos deseamos ganar el Gran Premio
Nobel
con la novela que narra nuestras vidas,
¡la gran novela llamada Monotonía
y Algunos Pequeños Pecados Capitales!
Mientras esperamos,
todos vivimos cargando un gran deseo,
el mío ni siquiera es no morirme,
solo pronunciar las ideas del silencio,
oir el movimiento profundo de un océano,
o que el viento me considere sus propias
sílabas,
al llenar con la brisa, las copas de los
álamos.
A ese preciso momento podré llamarlo
“jamás en mi vida habré muerto”,
si acaso, la muerte me habrá rozado.
jueves, 14 de agosto de 2014
EL HILO DE ARIADNA
EL HILO DE ARIADNA
Siempre, en mitad del caos,
hay un pensamiento-hilo de Ariadna:
Puede ser un leve rumor de liras
para salvar la vida, o la melodía
de un millón de espigas tocadas
por la brisa de un atardecer dorado.
El hilo de Ariadna puede ser
la cita de un poeta desconocido,
que nos pone en la pista
de lo que debe ser cierto,
si la certidumbre puede ser aprehendida.
El hilo de Ariadna puede ser
la huella impresa de regreso
que camina hacia el pasado
para deshacer caminos imperfectos.
El hilo de Ariadna podría comportarse
como las manos de la mujer amada
que siempre espera, tejiendo ternura,
para cubrirte la desnudez, tras tu vuelta.
Puede ser también el tratado de paz
concertado entre el hombre
y su enorme capacidad para ser imbécil.
Podría ser incluso una simple esperanza
para creer que existiremos siempre.
El hilo de Ariadna puede ser
la última luz desprendida del horizonte
que nos llega tenue a la mirada para ver
cómo nos rodea la noche.
El hilo de Ariadna puede ser el alma,
el alma llamada todo lo que existe,
o el pensamiento contrario a creer
que estamos solos en mitad de ninguna parte.
El hilo de Ariadna puede ser
el descubrimiento de que la tristeza
es la pasajera ingrata de un tren de vida
zamarreado por las ambiciones.
El hilo de Ariadna pueden ser lo recuerdos
que nos atan a la conciencia, para no caer
por los precipicios de la incertidumbre.
Siempre, en mitad del caos,
hay un pensamiento-hilo de Ariadna:
Puede ser un leve rumor de liras
para salvar la vida, o la melodía
de un millón de espigas tocadas
por la brisa de un atardecer dorado.
El hilo de Ariadna puede ser
la cita de un poeta desconocido,
que nos pone en la pista
de lo que debe ser cierto,
si la certidumbre puede ser aprehendida.
El hilo de Ariadna puede ser
la huella impresa de regreso
que camina hacia el pasado
para deshacer caminos imperfectos.
El hilo de Ariadna podría comportarse
como las manos de la mujer amada
que siempre espera, tejiendo ternura,
para cubrirte la desnudez, tras tu vuelta.
Puede ser también el tratado de paz
concertado entre el hombre
y su enorme capacidad para ser imbécil.
Podría ser incluso una simple esperanza
para creer que existiremos siempre.
El hilo de Ariadna puede ser
la última luz desprendida del horizonte
que nos llega tenue a la mirada para ver
cómo nos rodea la noche.
El hilo de Ariadna puede ser el alma,
el alma llamada todo lo que existe,
o el pensamiento contrario a creer
que estamos solos en mitad de ninguna parte.
El hilo de Ariadna puede ser
el descubrimiento de que la tristeza
es la pasajera ingrata de un tren de vida
zamarreado por las ambiciones.
El hilo de Ariadna pueden ser lo recuerdos
que nos atan a la conciencia, para no caer
por los precipicios de la incertidumbre.
viernes, 8 de agosto de 2014
He soñado absurdamente
He soñado absurdamente, he soñado que
fui
el último hombre en tirar la primera
piedra,
soñaba que la lanzaba al centro
intangible de la distancia,
hacia donde deprimen los ocasos, hacia
la Nada.
Soñé también que fui el último hombre
que pisó por primera vez el Mar de la
Tranquilidad,
que nadaba en sus aguas de polvo de
Luna,
que un cráter con boca de sepia gigante
me absorbía, me absorbía hacia el
abismo.
Todos los sueños son absurdos, incluso
la vida,
no he conocido a nadie fuera de lo
absurdo,
absurda es la muerte y sus efectos
especiales,
absurdo es el hombre que se compadece de
si mismo
recordando su pasado, los ayeres donde
fuimos
siempre algo más felices, algo menos
desdichados.
Absurdo es el resultado de nuestras
acciones
porque no se molestará ningún dios en
merecernos,
tan absurdo como creer que al terminar
la vida,
al empezar la muerte, nos acompañará la
suerte,
si la suerte es en este caso la llave de
los paraísos.
Absurdas son también las fototipias de
aquellos
que fueron nombres mientras lo fueron,
absurdos los siglos que los hicieron
olvido.
Absurdo es padecer pensamientos sobre el
infinito,
alrededor de lo eterno, pensarnos eternos,
Jajaja… no son las ataúdes cajas de
sorpresas,
sino cajas fuertes cuyas llaves se
arrojan al océano.
Absurda es la esperanza de convertir la
pesadumbre
en un glorioso día de mañana, en un
triunfo sobre la tristeza,
tanto como flores que hoy son
tremendamente bellas
y mañana: solo ayer lo fueron.
Absurdo es el silencio embaucador donde
habitan las palabras.
¡Ay el idilio perfecto entre el oído y
las palabras,
qué absurda coalición para elevar el
alma hacia la Nada!
Qué absurdo el soslayo de las miradas
o las miradas lanzadas de lleno hacia los ojos,
qué absurdo amarnos, qué absurdo
escribir que amamos,
qué absurdas las convulsiones que genera
el amor
en las manos, letra y puño de un poeta.
Absurdas las direcciones, la ambigüedad
de los sentidos
de los caminos que se hicieron hacia
atrás.
Absurda la ética que se cuelga como un
abrigo
justo al entrar en la casa de un amigo.
Absurda la guerra que no tiene como fin
la victoria,
el motín y la matanza, ¡el motín y la
matanza!
absurda la guerra en todos los tiempos…
En fin, qué absurdo quien piensa que
todo es absurdo
mientras no tengamos certeza plena sobre
algo…
lunes, 4 de agosto de 2014
…y cuando no llueve, lloras,
…y cuando no llueve, lloras,
caes como lluvia sobre tu sombra…
cuando tu sombra es un hombre instante…
en ese momento eres quien no eres…
lloras porque no tienes lluvia para
mojarte,
lloras por el hombre que te ha acompañado,
-oculto en los secretos de tu propio
olvido-,
durante miles de años, bajo el tiempo,
lloras por el hombre retumbante,
por el hombre llegado a tus oídos
sobre ecos glaciales, viejos, fríos,
lloras por el hombre bajo el viento,
por el hombre “cargo de inconsciencia”,
por el instalado en los sueños más
profundos,
por quien desecharon los dioses de sus
reinos.
Lloras cuando no llueve,
lloras por tu propio nombre oculto,
por tu desnudez maldita,
lloras por quien no eres,
lloras por la sombra que te habita…
…así caes como llora la lluvia, caes
por tu propio error impuesto por la
vida.
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