VIAJE AL PASADO ORIGINAL



                                         VIAJE AL PASADO ORIGINAL







                                  REENCUENTRO

    Ayer, por esta sangre áurea, lucharon los fenicios
    contra enemigos camuflados entre álamos
    y juncos, entre escolleras lijadas de tiempo.
    Hoy, de un lado, la carretera rompe y asola
    el sereno devenir de tu cauce sonoro:
    ¡Vidrio fluido y templado en fraguas de sol  y viento!
    ¡Y en tu orilla opuesta, rumores de tractores
    elevan el vuelo de las blancas garzas hambrientas!
    ¡Y tú, senescente padre de tiempos y caminos,
    esta tarde, duermes, minucioso, sobre el zinc
    que tiñen misceláneas de plata y cenit!
    ¡Y tú, Guadalquivir, compañero, esta misma noche,
    casi al alba, cuando regresen los pescadores,
    me echarás de menos tres veces antes que canten
                                 tus pájaros!
  



             
  DEDICATORIA: A mi querido Amigo Alberto Siquier Fernández, que también vivió un tiempo en Moguer, por motivos laborales.

                      MOGUER

   Platero está triste. Tiene miedo.
   El arrabio oculta el azul del cielo.
   Platero está triste. Tiene miedo.
   A lo lejos, sus dos ojillos buscan
   las blancas columnas de almas y lumbres
   sobre los tejados del duro invierno.
   Platero está triste. Triste e inquieto.
   ¡Inunda tanta lluvia sus recuerdos!
   (¿Le acobardan los broncos sonidos
   que las sirenas disparan al viento
   desde la madrecepsa de ojos negros?).
   Platero está triste. Triste y lejos.
   ¡Y esta lluvia impura que no cesa
   ni crea rosas ni nombres exactos !
   Platero está triste. Casi muerto.
   Por su cabeza la luna pasea
   la sombra de Zenobia en silencio:
   tiembla sobre las  tapias del pueblo.
   Platero está triste. Tiene miedo.
   Presiente que a las doce de la noche
   se apagarán las luces de la torre
   y se quedará como antes: radiante
         y sola: señalando al moridero.  

  
                    
                           DESEOS NATURALES
i                                             
                                              I

              Mi primer deseo fue colmar de vías lácteas
        cálices de fresas al amanecer la vida
        sobre sedosas muselinas de primavera.
        Más tarde, el viento que silva trenes lejanos
        me advirtió que todo anhelo fue humo de paso.
        Desde entonces
        nada ha alterado los plenilunios de plata
        sino tus ojos cansados de mirar al cielo
        con esa dignidad especial de los poetas
        que escalan, torre a torre, a las altas estrellas.
        Porque 
        cada uno, armado con su escasa buena suerte,
        lanza sus dados al céfiro amado, sin diosa
        que cruce un sólido arco iris de cielo a cielo,
        sin otros dulces brazos donde pasar la vida
        que las liras que el viento roza en noviembre.
        Así también
        muere la tarde, sin cenit, descubierta y triste
        sin sus salones malvas ni horizontes azules.
        

                                   II

        Hace tiempo hubo un pueblo, en mitad del sur,
        cuyas calles, encaladas de sol, nos guardaban
        el aroma meloso y dulzón de los higos tibios
        explayados en su plenitud para los labios.
        Allí miré, por primera vez, directamente
        a los ojos, entre el fragor de las higueras.
        Allí tomé, por vez primera, directamente 
        de los cálices de oro, el agua de las rosas.
                                


                                  III

        Y allí donde la fábrica de mármol eleva
        nubes de alabastros áureas y polvorientas,
        en tiempo de mis abuelos, el gran rey Midas,
        entre lanzas doradas agitadas al viento,
        cantaba el secreto de sus orejas de burro.
        Las liras de la tarde tocaban el aire,
        silbando melodías entre los almendros,
        preludiando aromas de azahares y lirios
        entre los que llovería agua de mujer desnuda.
        Y las mimosas que aún no conocían la verdad
        se dejaban herir por el alfanje nocturno,
        apenas sin llorar, como si flores adultas
        fueran desde aquel mismo instante.
        Al punto, la noche espesa de estrellas engastadas
        en el negro metal de los mitos del tiempo,
        mentía sobre la piel, sobre el agitado cuerpo
        mentía para fraguar hermosos recuerdos. 
                         
                

                 HABLA LA DIOSA
             SOBRE EL DESTINO                

Allí donde las risas se reservan para niños
que anhelan princesas de cálidos labios.
Allí donde el rubor de las muchachas
recién llegadas a la vida,
con prisas en el pecho por amar,
aviva el miedo agitado en la punta de la lengua.
Allí -dónde el ángel alza sus alas-,
donde verbenas de luciérnagas
y farándulas de grillos consumen
élitros de verano entre altas temperaturas.
Allí donde se ama a robaguita y se profana
intimidades en aras de templos inmaculados,
donde se cita la noche con el soplo original
que humedece la piel de agua bendita,
los generosos labios y los tersos vientres,
los tercos Apolos y los dafníficos brazos.
Allí pondrás el deseo de morir,
sobre el principio,
piensa quien tradujo el viento
pasado por los cuchillos del invierno
y el deletreo de las hojas del otoño.
Quien apaciguó sus anhelos y se apartó
del humo de los viejos tejados
de casas que el alma siente a lo lejos.
Quien vivió sus últimos años en el lugar
al que emigran los pájaros muertos de frío
para hacer uso de la convivencia a un alto precio.
Este es, afortunadamente, tu sitio
-te está diciendo un ángel viejo
que te encuentras por la calle-,
el lugar donde rosas de cristal rellenan
los huecos profusos de los poemas
que esperan manos que les pongan rumbo.                










            LA MIRADA TAXATIVA

                                   I
                  
                    Muchas noches,
          tras largas pausas de silencio,
                 me miras a los ojos
            y me dices con un temblor
              que viene directamente
                 del fondo de la vida,
                 que no quieres morir
                    sin ver cumplido
                    un último deseo.

             
                                  II  

Luego callas, te desvaneces en la estancia
en forma de pensamiento,  de historia de amor,
callas y recuerdas un mundo de rosas rojas,
de cristalinas copas colmadas de pasión.
Callas sobre un mundo de mentira y melodía
con tiempo suficiente para cumplir promesas,
para ordenar clamores, para amar sin prisas.
Callas y te adentras en mundos de fototipias,
y desmenuzas el pasado en pétalos de fuegos
encendidos en altares de carne amada.
Callas y proscribes en tus ojos la tristeza:
y cierta alegría crece y se desnuda en tu cara:
y brillas en la noche y te prolongas en los sueños
bajo lluvias que caen de dentro de la vida.
                                


                             III

Como si vinieras de llorar profundamente
sonríes cuando ausentas la mirada, sonríes
hacia plenilunios húmedos de plata, callas
y trasluces los besos de agua tibia cuando sueñas
con los almendros adolescentes en flor, callas
y desciende la luna a las calles plateadas,
callas y tu mirada llena delata al mundo
lo que has amado: todos tus últimos deseos.


Nadie sabe qué criminosos ojos acechan

ensombrados en la larga noche tras las ventanas,
                          pero tú

me verás desnudo, cual un viejo almendro griego,

llorar amargo por la posesión de tus sueños.

Me verás, enredado en tiempos muy pasados,

anotar importantes fechas en cuadernos

donde se describe lo que algún día fue bello,

lo que por un motivo u otro cayó en olvido.

Me verás crepitar de miedo en las llamas vivas

de la soledad que llena este edificio viejo.

Y saldrás por las puertas traseras de la vida

con tal de no permanecer escrita en estos versos

hechos de estrellados trozos de raros recuerdos.  

         

              LA HORA JUSTA


Contra el cielo marfil de la tarde
roza el viento a piano los cipreses
y se lleva a cuestas el aliento pasado
hacia el veneno lúgubre y triste.
Más tarde, una leve brisa
habla en plata con la muerte,
ella sonríe pero apenas se arrepiente,
en sus ojos refleja el esmalte
que barniza la caja del silencio
como si de un poema vacío se tratara.
Y mientras la noche tiñe de relojes el cielo
y se inflama el tiempo de recuerdos,
el insomnio pasa en prosa por la mente
hasta que la memoria se clava, en punto,
sobre las doce de la media noche.




                       EN EL OTRO EXTREMO
                     DEL MUNDO

El fragor del agua en el arroyo
abría conjeturas: el hombre cava solo
su propia tarde y pronuncia chasquidos
de metal contra la tierra.
El viento entraba tenso en la higuera
y regresaba en brisas de sus ramas perfumadas,
o hacía círculos para el sueño
con liras suspendidas en melodías
y sopranas caídas de sus hojas.
Todo hacía indicar que la tarde
reventaría de un momento a otro
cales de tul doradas, que cierto apego a la soledad
se abriría camino en su vientre inmenso:
Al fin feliz melancolía sobre álamos de cinc.
Collares de hormigas replegaban su tumulto
hacia hogares hundidos en lo triste y profundo
al mismo tiempo que un alud de pájaros
desplomaban los pomares con fragor de alas:
Dios estaba en ellas en su forma humada.
Somnolencia entomóloga en el mundo,
en la densidad del trigo de final de junio,
en el minuto que duran las crisálidas.
Arriba, los álamos del río rumoreaban en clave
cosas que ni un poeta imaginaría.
Y los olivos, en unísonos movimientos,
suscitaban un nombre de mujer desnuda:
Plateada piel de nácar en el sueño
de alhambras con sabor a miel
entre  ternuras y vergeles sombríos.



                 DIOSAS DE AGUA

Aman y miran diosas de agua por tu mirada,
rozan liras con sus almas desoyendo leyes
de mortales refugiados en raras ciudades
de accidentes, de palacios, de tristes museos
repletos de idealizados bustos de piedra.
Y el amor te desnuda el alma a la guerra pura,
incluso olvidas “el nombre exacto de las cosas”,
sólo divides el tiempo en pasados presentes
de un modo tan efímero que desaparece
el tiempo, o se te convierte en tiempo contrario,
o absorbe su propio espacio en la nada.
Aman y miran diosas de agua por tu mirada,
elevan perfumes de sus cuerpos, veleidades,
fruto del capricho de los dioses, imperiosos
deseos de mezclar la santidad de las rosas
con los yertos cipreses de los grandes silencios.
Pero tú ya sabes que nomuerto estás si no amas,
nomuerto y/o sin todas las cosas bellas de la vida:
ojos puñales rojos de muchachas de ébano
que dudan al borde de la risa y la locura
descender de rodillas y besar hasta el fondo,
plateados muslos que alejan del frío, que llevan
el deseo de la lengua a su último poema.
Aman y miran diosas de agua por tu mirada,
diosas que sienten en sus vientres la existencia,
que envidian y desean tu mundo de arcilla,
de tierna tierra húmeda coronada de mimbres,
de piel de lluvia prístina aromada de rosas,
de agua de llantos caídos de grandes frutales.
Amando, miran diosas de agua por tu mirada,
a cambio, ellas, tan generosas, encienden
las lunas plateadas que resbalan de sus ojos.










              EL PEOR DE LOS PECADOS

Azorar los senos encarnados en rosas,
un día, fue imperioso deseo,
en aquel tiempo rozar unos pechos
posiblemente sólo fuera todo un triunfo,
así como el bautismo salivar de boca en boca
o merodear entre lencerías con manos temblorosas.
Todo un triunfo descubrir
que Dios estaba dentro de todas las cosas
-continuamente naciendo-.
¡Cuidado con mirarlo de frente,
este es el peor de los pecados!
Pero insisto, Dios estaba forzosamente dentro.
Un día la densa lluvia dejó de caer.
De pronto, tampoco
hubo un sólo adjetivo como último recurso
y las piezas del inexpugnable Exin-castillo
fueron tragadas para siempre
por un tambor profundo de detergente.
E, imprevisible, Dios dejó de estar
dentro de todas las cosas,
pasó a ejercer un remoto control
sobre algunos pocos conceptos.
Hoy, sin ningún pudor y a altas horas
de la noche, desclasifico cartas de amor
como documentos de alto secreto,
parte de lo que me han mentido los sueños
y parte de lo que realmente he amado.
                   
                     Gijón, 1 de Noviembre de 1997.



                LA CERTEZA

Deslizas tus ojos con lluvia de sal
para cazar entre fisuras de cielo un hálito
de amor separado de la noche,
de la boca de la amada,
de la piel de ébano y húmeda
hecha de fragilidad, de ebrias sensaciones
mojadas de recuerdos, de dispersiones
que hace mucho, partieron de tu mundo.
Sé que echas de menos poseer
-al alcance de tu mano-
el deseo temprano fraguado entre sueños
de prisiones femeninas llenas de rincones,
de bulevares eternamente abiertos.
Sé, también, que inclinas el cuerpo
hacia el primer rayo de sol
que pasa por tu vida,
que aprovechas cualquier momento propicio
para comerte el corazón de las manzanas. 




   RAZONES PODEROSAS


     He escrito las mejores historias de amor
     basadas en giras de verano que mi corazón
     ha justificado con palabras que más tarde
     me sorprenden. 
     No pretendo, ahora, desenterrar
     viejos besos que habría que mirar
     por los ojos de muchas cerraduras,
     ni dar nombres secretos de mujer.
     Sólo tengo el deseo de sentir
     el furor de los alfanjes
     que partían el calor del mundo,
     que chorreaban blancas llamas
     sobre blancas pieles de muchachas
     recién enamoradas.
     Sólo tengo el deseo de girar al pasado
     con los ojos aventureros que se presumen 
     a los veinte años:
     E ir a tocar el fondo de aquellas damas
     que me ofrecieron en cálices dorados,
     sus rones espesos, sus propias vidas,
     en griales de locura y promesas de sangre.  



           LA PASIÓN DE SHEILLA

Viajan mis ojos a cielos errantes
y anhelan su aliento próximo, ardiente,
y el enredo de sus brazos encadenados
a mi piel y a mis deseos.
Viajan mis ojos a mares nocturnos
rajados por lunas de alfanjes, de plata,
donde chapotean delfines de carne y agua.
Viajan mis ojos a secretas ensenadas
mojadas de vías lácteas,
llenas de espuma, de seda dura,
donde el tiempo pierde sus leyes
entre sabores dulzones y lluvias.

               


    Mientras te ocultes la mirada con las manos,
    como lluvia de oro entraré en tu extraña torre. 
    Pasaré sobre tu piel como el viento pasa:
    rozando tu mente desde los sueños profundos.
    Saltaré al agua que resumen las manzanas
    capaces de transparentar sus féminas formas
    sobre sábanas que son jardines para diosas.
    Esperaré que vuelvas a casa con los ojos
    perdidos, impregnados de una justa causa:
    el trabajo, los tacones malditos, el fuego
    que arde en los bullicios de los centros comerciales.
    Esperaré que vuelvas a mí con tu cabello
    suelto al aire y la locura llena en la sonrisa.
    Será esta noche, por sorpresa, te haré de rosas,
    pasaré por tu cuerpo como lluvia dorada,
    abriré los pétalos de la flor más amada.




      LOS CÁLICES DE ZEUS


Nunca he amado para el olvido...
sino que he honrado el recuerdo
de mujer -en un mundo aparte-,
asociado al agua, a la lluvia,
a la infancia de aromas nuevos.
He amado a la mujer hecha
de la mano directa de Dios,
de diosas.......y a la sin origen,
a la que ofrece la rosa
o la manzana en mermelada,
en miel, en volcanes,
en trajes de paciencia
y nocturnas purpurinas,
y a la de piel de ébano
apostada en carreteras de segunda.
He amado a la mujer elegida
y a la sin vida, a la que muere
y a la nocturna; a la desnuda
y a la que consume terciopelos
y deja muriendo entre alambres
el sosiego del amante: la de ojos azules.
He amado a la mujer de nieve
educada en cafeterías de universidades,
    a la de faldas cortas y largos fulares,
a la de infernales entrevistas de trabajo...
....Y todas huelen a rosas de medianoche.
Pero sobre todo he amado a la mujer
que ata las horas en rosarios escritos
con letanías temblorosas,
a la que toma cada noche mi pensamiento
y difunde desde su alma
    aromas de jazmines recién abiertos.  



      


        A ÚLTIMA HORA

Se teñirán de sepia las tintas, los recuerdos,
a oscuras, en las noches largas del frío invierno.
Llegará la tristeza, hecha carne y adherencia,
llegará el eclipse y la urdimbre de las sombras
que proyectan aquellas ideas que jamás
pusimos en marcha por temor a equivocarnos.
Se deshilacharán nuestras huellas del pasado,
como ayer se deshilacharon en la memoria
las primeras citas de amor, el primer secreto,
oculto, por pudor, a los ojos de los padres.
Se desvanecerán los deseos y atterezos,
los breves escenarios sobre los que brillamos
disfrazados de dioses con sus propios ajuares.
Pasará la vida y podremos oír el tiempo,
viajaremos del ayer hacia el futuro incierto,
solos, sin que apenas se insinúen los presentes,
solos, con algo de fe a cuestas y desconcierto,
con suerte, seremos dulcemente olvidados,
con suerte, añadiremos nuestros breves nombres
a la lista de los hombres que jamás han muerto
con la esperanza de que algún día nos pronuncien:
¡Mientras la humanidad exista, Seres Eternos!







    


Y a la caída del sol, la cena se comerá como siempre:
La sopa de una espesa niebla,
las aceitunas a su libre albedrío
en mitad de los manteles,                        
la carne caliente que nos acerca el tenedor,
las Hespérides pasadas por las minipímeres.       






           EL ALMA INDEFENSA
                    
                           I

Es difícil abrir páginas hacia tesis de amor
sobre aquellos que recorren a diario la guerra
en batallas de pub y barras
tanto como disponer de argumentos
para rezagarse en lo eterno
de las actrices sin yupis azules
que rompen el hielo por unos cuantos dólares
de corazones ahítos de soledad indulgente
entre rosas de snack de volátiles champanes
y apresurados clines de ignominias
pero el hombre resignado
que deshizo sus mitos en un pispas de gélida noche
no le importa que el cielo lance brumas
contra su ventana, fuera, en el silencio
violeta de inflexos neones de negocios
bajo lunas rurales en carreteras vacías
ni le importa el fragor mercanticlínico
que se jadea en la alcoba contigua
ni le importa encañonar los labios de carmín fríos
ni le importa abrir en redondo una sonrisa triste
con tal de ...                No amar profundamente.







                                          

Bajo luces de kronen y ditirambos rockeros
no es Penélope la rubia de Lux y de Pantén
que dibuja caligramas de agua condensada
con sus dúctiles dedos de compañera nocturna
sobre la barra de guerra y paso,
aunque esta noche abra el oficio de sus piernas
en un palacio de estrecho cerco
y un improvisado lavabo de profilaxis.
No es tampoco ni por asombro ni por imagen
el efímero fotograma de Sharon Stone
-ámbar medusa en mitad del silencio
que el agua rompe en flujos y saltos-.
Pero por qué no hacer otro triste recuerdo
con su mirada inmersa en penumbra de club violeta,
con sus labios edulcorados del fortuna
que no llega a extinguirse nunca
como el humo que no sabe que lo lejos ya no existe.
Recordaré que en su garganta bullía
el whisky más barato, los malos tragos de la vida.
¿Cuánto? y la preguntá se estampó 
contra el vidrio que prohibe lluvia.
Al amanecer, caído de sus manos,
niegas el rugido a cascajo metalúrgico
que brota de la Futurmat del bar recién abierto,
como niegas la vocinglería primogénita del día
tras el cristal que es un mínimo ocaso
para este alba de noviembre languidecido.
Así pasas de largo, rechinando el calzado hacía el frío
acumulado en la ciudad de los músicos y las actrices,
como quién se empeña en llegar pronto a su destino
o al final de una vaporosa calle de resoplos y fogatas,
retirándose de la herida obtenida en brazos de alfanjes
y faunas de ácidas noches de clubes y piedades
y algún que otro malogrado amor de poca monta
que sucumbe, dos horas más tarde, 
en polvo de parking de hipermercado sin luna.
Luego, caminas con vueltas a la memoria
e insinúas que has amado metáfora a metáfora:
y sueldas voces con varas de plata
que nunca habías oído, para justificarte.
                                  Madrid, Noviembre del último año del siglo xx    
         
          VIAJE A  LONDRES.

Una noche, un poema te da un consejo
para amar desde lo más profundo posible,
pero también termina paseando a su poeta,
entre idílicas nieblas, por los bajos fondos
de una lúgubre ciudad de la vieja Inglaterra.
Así descubres, desconsolado por completo,
que no eres el único en el mundo
capaz de amar sin misericordia:
Cierras los ojos y ofrendas a Dios
tu propia antialma junto a las rosas
abiertas de par en par en pleno silencio,
en pleno negocio, en excesiva plenitud.
Y a ellas, acostumbradas a cualquier tamaño,
todavía le quedan palabras amables en la boca,
para alabar, en gran medida,
la corta vida que te queda.
Tú insistes, y a esa calle a donde vas
oculto tras cristales de berlinas negras,
la llamas la calle de tu juventud perdida,
y haciendo gala de un esfuerzo  sobrehumano,
escribes que esta noche de invierno has amado
desde lo más profundo de tu alma.



         
           
           LA CARA HUIDA DE LA LUNA


Me has escrito diciendo triste que aún recuerdas
con un orgullo abierto a la desdicha plena
que te han derruido el pequeño hotelito secreto
donde guardabas el gran negocio de tu vida:


(Sobre tu piel indefensa vaciaron sus sexos
aquellos obreros que salían de las fábricas
sin ningún otro propósito que el silencio.
¡Cuántas veces cayeron sobre ti los deseos
de arduos muchachos que llegaban a vivir
por primera vez entre alas de plata y acero!)


Como dos granadas arrancadas de los jardines
más profundos a los que sólo algún dios accede,
eran tus ojos cuando volvías de la noche
sin tu propia vida, herida de muerte y alma.







        
               EL SILENCIO ILÍCITO

    Timbras la voz para la música
    que traspasa los cristales, y sólo es tu voz.
    Y aún así, oigo por encima de los bafles
    la media dulzura que practica la actriz,
    -a veces la prostituta-.
    Amo de ti, también, tu propio espacio:
    la alcoba empapada de cientos de sudores
    estampados en franelas rojas,
    el cosmético vencido por feromonas
    derramadas en refriegas de clientes de cinco minutos.
    Amo de ti, también, los seis metros cuadrados
    que alcanzan tu mundo,
    y justo allí, donde casi no hay más luz,
    te he amado como quien desde el alma
    se cree su propia poesía.

  

                 MAR ADENTRO

A aquella calle llegaron cenizas de mar
-presas en vientos de invierno
y sin apenas la sal-
a teñir umbrosas las farolas
y oscurecer los cristales
que curaron de amor
a las jóvenes actrices del deseo.
En la estancia primera, la gorda madama,
contaba el fruto del éxito con su álgebra lascivo
y sermoneaba fórmulas de puro comercio
ganadas en harenes de venta a público.
Pero por encima de todo,
mantengo unos cándidos ojos árabes
y un alfanje de mar entre dos edificios
que hicieron de la noche fría
un recuerdo casi perfecto.


    

               EN DEFINITIVA

Aceites encendidos
iluminan el camino hacia el alma
y sólo un viento extraño muda las sombras,
temblando en la carne.
En definitiva:
Rosas como el higo del estío,
comidas al romper el alba
y tomadas directamente de sus ramas,
me perfumaron los recuerdos.
En definitiva:
Hoy, la única calle abierta
a transeúntes de paso lento,
muere en las casas de puta de Madrid,
llenas de sonrisas de muchachas
que pierden la memoria de la vida
a cambio de reclinar unos cuantos besos.
En definitiva:
La tarde prevé grandes tristezas,
se abre la noche como boca urgente
de par en par al universo
y pasas, lleno de pensamientos,
al salón de la muerte:
Sin una sóla compañera.




        EN EL FONDO

No sé el nombre de estos pájaros
que cantan en la noche,
y apenas me queda saldo
para recordar que he amado,
y que al amar, tiro a muerte
todo aquello por lo que he trabajado
recolectando cristales
para estridentes bancos de lujo.
A estas alturas de mi vida
no sé decir el nombre de estos pájaros
que cantan en la noche,
sólo cierro los ojos
y escucho el agua de noviembre
que se vierte en el mundo.
Quizás todo fuera mentira,
y la muerte del poeta,
mi plena libertad inminente.




     ROSAS NOCTÁMBULAS
       
                  I      

Esta noche la vida te dará
en áureas copas su vino blanco.

Entrará la luna en tus ojos llenos
y despertará anhelos al cielo raso.

Sabrás del agua sus grandes secretos,
qué significa el puro contenido
de las rosas expuestas al delirio.

Esta noche en el jardín plateado
te amarán los álamos del río.

Y mi alma enredará bucles con tu alma
para crear fragancias de cuerpos vivos.


                                II

De horizontes de plata
para tender tu cuerpo
proyectan la tarde
los dioses del mundo.

De sol ígneo y rosa
se fragua tu piel abierta
al beso de mi boca.

Paroxismos de luna
hierven en tus ojos iluminados,
y se radia en la noche
tu presencia en los sueños.

Música de ascuas y agua
mezclan tus besos de alma encendida
en profundas hogueras.

Del único arte vivo
que recuerdan los hombres
te edificas en la noche.

Y te duermes envuelta
entre el humilde olor de la yerba
y la lluvia que levanta la tierra.



    
              III

Tú eres
quien hace música
con el ruido
y el viento de mis bosques,
quien recoge la fruta madura
recordada en mis libros.
Tú estás hecha de cumbre y alma,
de plata incandescente y alas,
de rumbo al cielo,
de telas blancas y pura letra.
Tú me das la esperanza
y levantas la espiga
que sondea en el interior
de mi probable juventud.



          IV

                  Recostaba su cabeza en mi pecho
             y tiritaba de miedo en la vida.
             Su pelo era negro,  su mirada    indecisa...

Era mi alma toda.
E igual que mi alma
guarda silencios...
Y era inmensa la alegría.
No olvido de su boca
los labios creados para el beso
-ni para la palabra se hicieron-.
Lamió su piel
la madreselva fresca,
para dioses la vistieron las diosas.
Era mi alma toda.
E igual que mi alma
guarda silencios...
  

          V

Sobre el agua que flota en el agua,
yo te amé, y sobre la yerba,
hasta hacerte de alba pura.
Te amé el olor y el aire,
los labios de menta y rosas.
Con mis ojos te amé la mirada.
Sobre la noche que flota en el agua,
yo te amé, y sobre las llamas.


                  VI

Esta tarde
toda la prisa del viento me corresponde
para cortarme con el reborde de las hojas
y ensangrentar de juramento al árbol
que retuerce el cielo a su espalda.
Esta tarde
todo la prisa del viento me corresponde
para lamer valles y subir faldas,
para descorchar cataratas de champán,
para avivar taciturnas lámparas,
para escapar de cárceles broncíneas
y despeinar trigales al anochecer.



                              VII




De lluvia copiosa y religión

te creo cada noche en mis deseos,

evoco tu piel y el éxtasis en tu boca,

subo tu falda por encima de tu rodillas

y ya eres agua, dulce metafísica,

más arriba, ya eres diosa.

Entro en ti, y tu nombre en mi cuerpo…

tu nombre es lluvia, tu nombre es agua,

inicio al final de la vida…

y ya no soy hombre, mujer,

ya no soy hombre, sino tu pensamiento.

Así, noche tras noche, cuando llueve,

te evoco en ideas que no escribo

porque no se le puede llamar

solo amor, a tanto amarte.




    SUS OJOS ERAN CLAROS
             COMO ALMAS


Su tibia mirada recuerdo ahora:
Toda suya era la tarde dorada
y toda suya la noche sagrada,
y el alba que agua de rosas llora.

Esta noche mi corazón te implora
que, como ángel, vuelvas de la nada,
a solas con tu alma y tu mirada,
a entregar la manzana que enamora.

Todo se fue contigo, vida mía,
las risas, los llantos, los sinsabores,
los cálices, la música, lo eterno...

Mis deseos de hacerte poesía:
elevándote entre los clamores
alzados de nuestro fuego interno.


  
         DEL COLOR DE SUS OJOS


(Donde rebosaron cálices de oro,
reposan, hoy, los sueños presos
en su alma hermética e inaccesible
a cualquier poeta del mundo).

Alguien que miraba declinar la luz
entre las vidrieras de los arcángeles,
dijo que el cielo era del color de sus ojos,
y al instante germinó en él un amor profundo:

Ella era el beso, fue la iglesia
donde densamente ardieron fieles
en fiestas secretas de puras pieles
contra pieles:

Ella fue el acto, fue el acto puro
en honor a todos los hombres,
el acto perfecto, -deseo de dioses-,
el acto plácido, -deseo de diosas-.
Ella era la avaricia perfecta,
la dulce avaricia que profundiza.


                                          

¡Como el agua que riega la espiga
eres cuando viertes en mí tu alma!
Yo, poeta, insemino oraciones
en el mihrab de tu cuerpo abierto.
Así te amo en la noche larga,
como dios o diablo, enloquecido
tras los vidrios que apartan el agua.
Luego despierto con la  esperanza
de que sea mañana de domingo,
e incluso huelo el feliz café caliente
que arde a fuego lento en la cocina,
mientras te corre el agua de la ducha
por la piel resucitada del silencio.
¡Y vienes a mí como antes, oliendo
a miel y a geles de menta y rosas!
Luego, alguien que llega de fuera,
con la voz cerrada por la tristeza,
me recuerda que tú ya no existes,
que el mes próximo hará dos años
que el agua que riega la espiga
no rebosa cálices tras la lluvia:
    Y me siento solo, paseando 
por cualquier calle del  mundo.

                              


ABIERTO el calidoscopio y el amanecer,
los remolcadores arrastran lejos la bruma,
hacia donde habitan  poseidones soñolientos.
Del puerto zarpan yates, velámenes de plata
que surcan, belísonos, silencios de alba.
Desde el litoral, a pie de faro, los observo
viajar hacia la rosa grande del horizonte,
hacia donde se prevén ángeles superiores
de alas nebulosas dispuestos a desnudarse
con tal de sentir, de beber de la cálida agua
confinada en las áureas copas de los vientres.
Pero hoy voy más lejos, - falible menhir-,
mi altitud anda entre Barbados y Tortuga,
en manos del poeta Martinson, arrastrando
bajo el océano, el inmenso cable de teléfono
que lleva de oído a oído una idea:
¡Por fin estoy en la absoluta permanencia
en mi propia misericordia, y tan jactado
de silencio regreso de los mares del mundo!


  Ayer
  fuiste el espectador del océano
  que el libre albedrío de la memoria
  recuerda entre plegarias elevadas
  a la máxima expresión posible.
  Así viste zarpar buques del puerto,
  envueltos entre primigenias luces,
  con sus rumbos inciertos o secretos,
  y buques inmotos en mitad del mar
  anclados o haciéndose el muerto.
  Ayer
  mirabas desde el muelle derrotado
  (de satén, de verdines y sedales),
  naves con tamaños de paquebotes
  desaparecer entre oleajes
  de diccionarios y falsas señales
  que nos llegaban desde  alminares
  envueltas en ráfagas de un Morse
  extraño, lejano, desconocido,
  estilográficamente marino.
  Ayer
  viste tornasoles sobre el mar de oro,
  añiles olas de plata surcadas
  por resbaladizos delfines grises
  que jugaban a saltar y mojar
  a los hombres llenos de océano.





A       UN DÍA DECIDES VIVIR AL MARGEN
         de tu otra vida, salir del silencio,
         vivir en la cara o cruz del destino
         a pecho descubierto.
         Decides lanzar los tristes recuerdos
         a la prosa pura, a los cristales
         impronunciables del olvido pleno.
         Caminas por donde fluyen, marciales,
         millares de adoquines
         insensibles al tacto, a las manos
         labradoras de diosas
         húmedas, anunciadas, esperadas
         desde el principio de todos los tiempos.
         Pasan los años y otro “un día”
         decides visitar el templo hallado
         en el niño de los ojos felices.






                  GRAVITA LA TRISTEZA


      Y pesa contra los festivos días
      del último verano.
      Gravita y pesa en torno al pensamiento,
      en torno al nombre convocado
      de la Diosa Ígnea de la codicia pura,
      de la mujer de carne, de alma y ubre,
      de la mujer impregnada de aroma a fruta.
      Gravita la tristeza, pesa y gravita
      contra  el origen de la vida,
      contra toda materia y poesía.



      EL HORARIO teje su propia sabiduría,
     acumula gerundios en torno a lo vivido
     atando fechas y archivos de lo sentido
     e innumerables huellas de nuestra lejanía.

     El tiempo encarna conceptos que fueron un día
     pronunciados para el recuerdo o para el olvido
     y lanza a la conciencia al espía concebido
     para pensar la vida en sublime melodía.

     Querido poeta, amigo: Salva tu frase
     del innombrable vacío que crea la noche
     antes que la profunda tristeza te traspase.

     Querido poeta, amigo: Contra esta clase
     de  pleno silencio no hay palabra ni broche
     que cierre de oro y poesía esta última fase
                 DE NUESTRA VIDA.



   ES MI SED ser la sed de tus deseos,
   acaparar el temblor de tus manos
   cuando escriben sobre diosas amantes,
   sobre rosas segmentadas por besos
   repletos de primeras comuniones.
   Es mi sed ser la sed de tus deseos
   y llenarme en ti de agua poderosa,
   cruzar la piel suspensa en el delirio
   y provocar silencio, todo el silencio
   secreto de mi vientre y de mi fruto.
   Es mi sed ser la sed de tus deseos,
   tendida en los incendios, sobre brasas,
   sobres los nifes profundos y llenos
   de los indecibles nombres del alma.




     TAXATIVA, entra tu alma en la noche,
     en el interior del puro silencio.

     De tus labios se desmienten deseos
     que ayer fueron  de agua y fuego:

    Un día, insoluble, mi amor te tuvo,
    adolescente de alba a alba, clara
                 y húmeda.

    Entra tu alma en la noche, taxativa,
    diáfana, como  agua de lluvia pura.







Es “                              Algún día, no habrá
                                         -melodías-
                               que transportar al piano.”         
                                              Alfonso Torres.                                                   
                                                  
     Ninguna máquina de escribir hará lirios,
     fragores o silencios...
     porque no habrá actrices marylinas
     que llevar a los versos,
     ni tampoco higueras
     en los cruces de caminos,
     ni molinos de viento.
     No habrá heliotropos,
     ríos jordanes o penínsulas yukatanes
     adonde viajar eternamente.
     No habrá siquiera
     quién nos dé crédito,
     menos aún a nuestras ideas chaladas.
     No habrá buzones abiertos de boca
     esperando respuestas de la guerra,
     ni siquiera podrá abrirse una rosa
     en la oscuridad de una alcoba.


QUERIDO AMIGO, COMO TE DECÍA:
Poesía es el aire
que hostiga los péndulos del tiempo
y hace, con sus días, malabares.
Es el aire de extensos brazos
que surge donde nada hay.
Es el aire de uñas largas
que araña desde los sueños.
Y poeta es
quien pone bemoles al alborozo y al silencio.
Quien ve en la tarde un pijama apropiado
para la noche más fría del invierno.
Quien pone cara de ángel o de mosca
-según las circunstancias- y vuela.
Quien, con las manos libres,
explora los vértices ajenos.
Quien está de suerte con su alma
y retrepa al cielo con su mirada.
A veces quien finge sus instintos
con tal de no perderse por el camino.
Quien se sienta en zen frente a la vida
y come en el mismo plato que los muertos.
Quien bebe agua de mar y no vomita.
Pero sobre todo, poeta es
quien guarda cosas viejas en los bolsillos.




 MARATLÁNTICA 

               ¡El número del agua!
                 Gritó el mago.
              -¿Cuál es el número del agua?
                Y el mar, conmovido
                  por su triste anhelo,
                  abrió su rosa secreta
                  y mojó sus pies,
                   como susurra una dama
                     un misterio al oído.

     Como el mar que existe tras el mar anochecido
     es el hombre tras su muerte: Hombre invencible
     se entiende sin hurgar con los dedos en las llagas
     y sin postular más que lo que el libre albedrío
     de la creencia imagine a ciencia cierta.
     Se trata sólo de presentir que el mar ocupa
     la gran oscuridad total de la tácita noche,
    de dejarse llevar por los sonidos del agua
    mientras se esperan ver novilunios de plata
    cayendo al mundo por efectos inverosímiles.
    Así esperaremos que caiga el alma a la playa,
    casi nevada sobre las sílices doradas,
    rozada en besos de labios contra espumas blancas,
    como quien espera por arte de magia un verso
    que nos justifique las horas perdidas en pos
    de una sóla frase eterna que nos sobreviva
    yendo y viniendo del mar a la tierra, del mar
    a la tierra concebida como semejanza.
    Como el mar que existe tras el mar anochecido
    es el hombre tras su muerte: Hombre invencible.
    Existe como el mar que corre inextinguible,
    a veces indulgente, a veces criminoso
    como nuestro propio pensamiento imprevisto.
    Existe rebozado por el manto noctámbulo
    como existe el alma del hombre tras sus ojos
    rondada por ángeles del cielo vigilantes.
    Sí, existe el hombre tras su muerte bajo dioses
    horólogos constructores de relojes de oro,
    (mimosos dioses ahítos de infidelidades,
    de diletantes peripecias, de dimisiones
    de prosélitos que van y vienen caprichosos).







             MELOPEAS



Mientras Dios bajaba a la Mesa Tierra

a comer uno o dos poetas cada noche,

tú y yo, nos bebimos muchas cervezas,

en nombre del filósofo Zarathustra,

bajo interlunios cuajados de estrellas.

Los gallos, en griego, al amanecer

evocaban a Dios y las teselas del cielo

se partían con la nueva luz del día.

El bostezo alcanzaba su máximo perímetro

y el eco de los campos nos devolvía el sueño.

El filósofo seguía su camino entre las vacas

y nosotros emprendíamos el camino

hacia el pueblo que reía soñoliento

y esperaba nuestra vuelta de la noche.

Apestábamos a humo de tabaco

y a grados de inconsciencia: Felices borrachos.









                                               

No hay comentarios:

Publicar un comentario