CAPÍTULO 3
A eso de dejar para mañana lo que puedas
hacer hoy, lo llamaba don José Amador,
procrastinar. Cuando se le preguntaba de dónde había sacado esa palabra
impronunciable, él contestaba, que de los crucigramas, e incluso era capaz de
añadir un par de sinónimos más, como diferir o
aplazar.
-Los crucigramas –decía con el aire de
seguridad en sí mismo que le caracterizó durante toda su vida-, no sólo sirven
para pasar el tiempo, también se aprende lo impensable y ayudan a mantener la
mente en vilo, amén de prevenir el Alzheimer.
Pues procrastinar, diferir, aplazar, o
cómo diablos se le quiera llamar, era algo del carácter colectivo de Léfina que
siempre me exasperó, eso y la impuntualidad de sus gentes. Recuerdo una escena
de la película Regreso al Futuro en la que Doc Brown le pregunta al maquinista
de una locomotora del viejo oeste americano, si es capaz de alcanzar no sé cuántas
millas por hora, a lo que el hombre le responde sorprendido que por qué alguien
iba a tener tanta prisa para viajar a semejante velocidad. En Léfina nunca hubo
prisas, el tiempo se ralentiza y todo crece o se marchita más despacio. No sé
si tendrá algo que ver con la Teoría de la Relatividad de Einstein, pero en
Léfina la vida dura más, el tiempo carece de importancia y, por supuesto, no
tiene valor económico, las cosas tardan en hacerse el tiempo que tardan en
hacerse y punto. Nunca supe muy bien cómo explicar esa sensación anacrónica que
me producía Léfina, hasta que un día, leyendo Tiempo y Espacio de Juan Ramón
Jiménez, hallé una cita de Heráclito que
el poeta utiliza para introducir su obra: “…Lo vivo y lo muerto son una cosa
misma en nosotros, lo despierto y lo dormido, lo joven y lo viejo; lo uno,
movido de su lugar es lo otro, y lo otro, a su lugar devuelto, es lo uno…”
No podía creerme que todavía existiera y
funcionara el viejo coche de la estación, lo hubiera imaginado en un museo,
pero nunca vivito y coleando, aunque tosiendo por el tubo de escape y exhalando
humo negro y un asfixiante olor a gasoil. Entre estertores y sacudidas, enfiló
el camino hacia el pueblo, esquivando inútilmente baches y socavones, y
cruzando por la alameda donde hice mis primeros pinitos amorosos. El asunto que
me llevaba era la venta de la casa de mi padre, ¿mal vendida?, posiblemente. La
crisis de la burbuja inmobiliaria provocó que los precios bajaran, y a mí me
urgía el dinero más que nunca. Pero lo que en realidad me preocupaba en aquel
momento, era qué hacer con los viejos trastos de mi padre, con su moto, con la
rotativa, con sus libros, con sus papeles, con un millón de revistas y
ejemplares de periódicos que nunca se vendieron… El viejo Nicolás Paniaguado sí
hubiera sabido qué hacer con ellos. Los libros, podría llevármelos y hacerles
hueco entre los dormitorios deshabitados de los niños y el trastero del garaje.
La Casa Persa se la alquilé, por una cantidad simbólica, al cocinero y al
camarero que habían trabajado toda la vida con mi padre. Tras su muerte,
hicieron una especie de contubernio económico y decidieron asociarse; sólo una
condición les puse, que por motivos románticos, dejasen todo tal cual estaba y
no reformaran nada.
El coche de la estación tenía la última
parada en la Plaza del Maine. Allí me apeé y encaminé mis pasos a la casa de mi
padre, saludando a todo aquel que se cruzaba conmigo por una ancestral
costumbre muy arraigada en Léfina, sin importar si es conocido o no. Mi tía
Teresa debía estar esperándome con las llaves de la casa. Cuando llegué, me
besó y, antes de decir palabra, expulsó de su alma un suspiro de aflicción.
-¿Cómo está Elena? ¿Han dicho los médicos,
algo nuevo? ¿Y ahora que harás con las cosas de tu padre?
-Elena sigue en las mismas, no hay nada
nuevo. Tú estás bien, por lo que veo. Con las cosas de mi padre no tengo ni
idea de qué hacer, excepto con los libros, a los que quizá pueda hacerles hueco
en casa. Llévate lo que tú quieras.
-¿Más trastos viejos? Ni hablar, ya tengo
suficientes, no te puedes imaginar lo que salió de la bodega después de que
Nicolás muriera, hasta la famosa máquina de fabricar fideos del hermano de tu bisabuelo,
que yo pensé que no existía y qué era fruto de la imaginación de esta familia.
Lo único que me haría ilusión conservar en lo que me queda de vida, sería la
cámara de fotografía.
-Cuenta con ella.
Cuando mi tía Teresa abrió la puerta de la
casa, un olor reconcentrado a papel viejo salió de ella a bocajarro.
-¿No te da lástima venderla?
-No me gustaría, pero no me queda más
remedio. Desde el accidente no he vuelto a trabajar, y la paga que me ha quedado apenas me da para
cubrir la hipoteca. Y de los nabos, que le voy a contar que usted no sepa… con
la venta de la casa podré saldar las deudas de mi padre y si sobra algo, parte
de las mías.
-Ya,
con la crisis y con tanta competencia, los nabos no son tan rentables, pero yo
confío en que todo esto pase y volvamos a lo de antes.
Tuvieron que pasar muchos años para que mi
tía Teresa me aceptara como un miembro más de la familia y perdonara el pecado
de mi padre. La edad le había ablandado la rigidez moral sobre la que había
soportado su vida, por lo que por fin pudo perdonar los deslices y olvidos de
todos los demás, o tal vez habían dejado de importarle, de un modo u otro, su
indulgencia me afectó hasta el punto de hacerme olvidar las diferencias que nos
habían separado. A veces, incluso parecía haber desterrado de sus ojos la
aflicción de su alma, y sonreía con naturalidad.
-Aquí tienes lo último que escribió tu
padre, lo tenía en el bolsillo el día que lo hallaron muerto.
Mi tía Teresa metió la mano en un jarrón
chino que mi padre había comprado en el todo a cien que habían abierto junto a
la Casa Persa y extrajo de él un folio doblado y arrugado.
-Yo lo he leído, pero no entiendo una
palabra, cosas suyas…
-Ya lo leeré más tranquilo -le contesté.
Las cosas en Léfina no tienen por qué tener
un porqué, suceden por naturaleza y molestarse en averiguar las razones por lo
que esto o aquello ocurrió, no merece la pena. En realidad nunca ha importado
el destino, sino cómo ha de venir la vida, sobran las cuestiones
transcendentes, los para qué estamos aquí, los qué habrá después de la muerte,
las dudas… Cuestiones por las que nadie se ha preocupado, excepto algún
incomprendido como mi padre que, -esas cosas del diablo, las lleva en la sangre
-solía decir mi tía Teresa. Cuando abrimos las ventanas de la casa, el olor a
papel viejo comenzó a disiparse y la luz resucitó el color de los viejos
muebles cargados de cultura.
-Una casa deshabitada se viene abajo en dos
días. En el fondo, lo mejor que puedes hacer es venderla y despreocuparte de
ella -razonó mi tía Teresa-, ¿no te huele a medicinas?
-Viene del piso de arriba.
Cuando subimos, descubrimos en la
habitación donde dormía mi padre toda una farmacia caducada, tarros sin
etiquetas de jarabes a medio consumir; cajas de pastillas repetidas con restos
de una o dos cápsulas; fármacos inventados por don José, ajustados a las
necesidades particulares de cada paciente y que, según la opinión pública,
retrasaban el envejecimiento; cajas enteras de sobres de Almax, para los
ardores de estómago, y de Buffalax, para relajar el estreñimiento.
-Hasta hoy, nadie ha entrado en su
habitación, ni yo, no quería tocar nada hasta que tú vinieras, y ya ves, ¡qué
desastre! ¡Ay, Señor, qué familia ésta!
Yo sabía exactamente a qué se refería con
lo de qué familia ésta, pero no quise seguirle el juego y soliviantar su ánimo.
Así que se limitó a persignarse y a añadir:
-¡Qué se le va a hacer! Lo que una no haya
visto a estas alturas… Bueno, yo debo irme, cuando termines pásate por casa, te
he preparado arroz con leche.
Se aproximaba la hora de firmar los papeles
de la venta, pero ya había perdido el sentido estricto de la puntualidad, en
parte, gran culpable de mi infortunio, por lo que me daba igual hacer esperar
al notario. Me demoré echando un vistazo entre las cosas de mi padre, ojeando
los innumerables ejemplares que guardaba de El Farol de Léfina, apilados en
fardos y atados con cuerdas de esparto. Desaté uno de ellos y, al azar, tomé un
ejemplar, el titular de la portada hacía referencia al asesino de los siete
puñales. Un escalofrió recorrió mi cuerpo, como si el recuerdo se hubiera
convertido en látigo. De aquel capítulo, todavía me quedaba una persistente
cicatriz en la espalda.
El viejo Nicolás Paniaguado mantenía la
teoría de que uno no se muere de golpe, que la muerte es un proceso lento y que
pasa algo de tiempo hasta que nos convertimos en una sombra en la memoria de
los que nos conocieron. Pero sobre todo, aseguraba que la muerte empezaba a
sentirse en serio, cuando nadie sabe qué hacer con las pequeñas pertenencias
del difunto, con sus ropas, con sus fotografías, con sus libros, con el millar
de objetos cotidianos que nos rodean, y con los recuerdos que a nadie más le
sirven.
-¿Qué te ocurre? Que no sabes qué hacer
con todo esto, ¿verdad?
-¿Por dónde has entrado?
-Por la puerta –me contestó mi primo
Julián.
En Léfina casi nadie cerraba las puertas
de las casas, se confiaba en todo el mundo, menos en los gitanos de la
buenaventura, que nada más aparecer por el pueblo, infundían pánico, por lo que
se daba la voz de alarma para que todos estuvieran al tanto y cerraran las
puertas.
-No te preocupes, si quieres, yo tengo
sitio donde guardarlas junto a las cosas de mi padre, más adelante, cuando
decidas qué hacer con ellas, podrás llevártelas, además, adónde van a estar mejor
que junto a las de su amigo de toda la vida, si fueron uña y carne. Todavía no
puedo creerme cómo pudieron suceder tantas desgracias en un solo mes, primero la
muerte de mi padre y tu accidente al día siguiente, luego la muerte del tuyo.
La
llegada de mi primo Julián fue providencial.
-Y tú, ¿cómo sabías que estaba aquí?
-La tía Teresa me ha llamado por teléfono
y me ha pedido que te eche un cable.
-Pues te lo agradezco. Me quitas un peso
de encima.
No podía recordar en mi primo, a aquel
chiquillo de mirada esquiva y reservado que andaba por la casa sin dejarse
notar y echándome a mí las culpas de sus travesuras.
-Si quieres te acompaño, la notaría me
coge de camino.
En realidad no sabíamos de qué hablar.
-¡Cómo pasa el tiempo!
-Desde luego.
-Te acuerdas de cuando el tío Juan de Dios
se empeñó en desentrañar sus secretos y le dio por desmontar todos los relojes
que caían en sus manos.
-¿Cómo se me iba a olvidar?
-Y
de tu tía Dulce Nombre, ¿sabes algo? ¿La has visto últimamente?
- Hace tres meses vino a visitarnos al
hospital.
-¿Sigue interpretando los sueños?
–preguntó mi primo con cierta hilaridad.
-No te quepa duda. Está hecha toda una
señora y vive como le da la gana, después de treinta años se ha divorciado y está
haciendo ahora lo que nunca hizo, aprovechando el tiempo perdido, dice ella. Tú
suegro, ¿qué tal?
-Ahí anda con sus achaques, quejándose de
todo y peleándose con los nietos, que ninguno quiere ser guardia civil.
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