CAPÍTULO
4
La
mañana del 20 de julio de 1969, don Antonio Leal se levantó inquieto y
malhumorado. Después de leer el periódico vagó sin rumbo fijo por la casa, con
los presentimientos a flor de piel, excitado y mascullando barbaridades. No
había dormido en toda la noche y una gran desazón invadía su ánimo. Teresa
seguía sus pasos queriendo averiguar la causa de su desasosiego.
-¿Qué mosca le habrá picado a usted hoy?
-¿Mosca? Ninguna.
-Entonces ¿qué diablos le ocurre, que ni ha
desayunado y anda de un sitio para otro sin parar un momento?
-Cosa mías –le contestó con la mirada
errática.
Durante el almuerzo no probó bocado. Luego
se encerró en la biblioteca y estuvo toda la tarde rebuscando, entre legajos,
lo que dijo que eran unos documentos muy importantes. Al caer el sol, se
dirigió al salón donde toda la familia se había reunido para ver la televisión.
La ocasión era excepcional.
-¿Lo conseguiremos? –preguntó Benito
García, sin dirigirse a nadie en concreto.
Teresa, temiendo que alguien golpeara el
aparato cuando perdiera la señal, le pidió a su hermana Dulce Nombre que
retirara de encima del televisor una figura del Quijote que, sentado, con la
lanza, el escudo, la celada y el yelmo, miraba, impertérrito, hacia el cielo.
Ella no le hizo caso y siguió a lo suyo, soñando con la Luna.
-Los americanos tienen que ser los primeros
en todo –puntualizó don Antonio Leal, invadido por
los celos, justo después de oír pronunciar a Armstrong su famosa frase: “Este
es un pequeño paso para un hombre, pero un salto gigante para la humanidad”-.
Mi tío Armando debió patentar en su momento la idea de los viajes espaciales.
Ya es tarde.
Gracias a aquel hito, la llegada del
hombre a la Luna, conocimos la historia de Armando Leal.
-¿De qué está usted hablando? –le preguntó
mi tía Teresa alzando la voz desde la cocina, que mientras el hombre llegaba a
la Luna, no había dejado de remover una olla de arroz con leche.
-De Armando Leal, de tu tío. ¿De quién si
no? –le contestó después de expulsar una bocanada de aire contenido en sus
pulmones, atrapado entre el orgullo y la humillación.
Oí atentamente todo lo que mi abuelo
contó sobre el día en que Armando Leal volvió de las Américas. Y como todo lo
que nos impresiona en la infancia se graba a fuego en la memoria, tal cual lo
oímos o lo vivimos, crecí creyendo que Armando Leal había inventado los viajes
espaciales y que era el propietario legítimo de la Luna. En cuanto a los
americanos, les cogí una tirria espantosa. Pasado el tiempo, cuando queremos
sacar partido de nuestros recuerdos, resulta imposible purificarlos, quizá por
ello sigan cayéndome antipáticos los americanos. Aquella historia la contó mi
abuelo con todo lujo de detalles, con exclamaciones, con onomatopeyas (del
ruido de los motores de los cohetes), y con puntos suspensivos. Mi tía Teresa,
que ya llevaba algún tiempo vigilando de cerca sus pensamientos, le interrumpió
en varias ocasiones:
-No invente usted esas cosas, que los niños
se las creen.
-Yo no invento nada, de hecho tengo
pruebas.
-Déjalo en paz –le recriminó mi padre a su
hermana-. Siga usted –le rogó, atento al televisor y a sus palabras, tomando
notas de ambos.
Yo había oído decir tantas cosas hermosas
sobre los colores de la luna que, al verla en directo en blanco y negro, me
defraudó y presté más atención al relato de mi abuelo que a la retransmisión de
la Nasa.
-¿Se verá Léfina desde la Luna? ¿Y cómo se
verá el mundo? –se preguntaba en voz alta Benito García, sin apartar los ojos
de la televisión.
-Posiblemente ni se vea –le contestó mi tío
Florencio.
-¿Tú crees que olerá a algo? –un suspiro
profundo, cargado de nostalgia y de dolor, se liberó en su alma -.Rosa lo
sabría.
Cristina intervino con la intención de
cambiar de tema:
-Yo no me creo nada, esto que estamos
viendo es un montaje o una película de ciencia ficción.
-Es pura realidad y algo inevitable, el
hombre está destinado a conquistar el universo, tiempo al tiempo –le
correspondió Juan de Dios, que ya por aquellos días comenzaba a contar el tic
tac de los relojes y le había cogido miedo a las bombas atómicas.
Yo seguía atónito a la historia de mi
abuelo. Los demás seguían atentos al viaje a la luna, excepto mi padre, que de
vez en cuando, tomaba notas sueltas de lo que iba narrando. Mi primo Julián
estaba a lo suyo, jugando a matar indios de plástico con pistoleros de
plástico.
Cuando la emisión se interrumpió y se fueron las imágenes, mi tío
Antonio, que hasta el momento se había mantenido al margen de todas las
conversaciones, se levantó de su silla y le dio un par de golpe al televisor,
con tan mala fortuna que el Quijote se tambaleó y vino a partirse la crisma
contra el suelo.
-Mira que lo dije –amonestó mi tía Teresa,
que tenía un sentido especial para adelantarse a los sucesos-. Estoy cansada de
decir que no es cosa del aparato, sino de las antenas, pero nada. Y a ti, ¿no
te dije que quitaras el Quijote de encima? Nadie me hace caso. Maldita sea la
hora en que vine al mundo –se quejó mientras recriminaba a su hermana Dulce
Nombre por no haber obedecido la orden de salvaguardar la figura del Quijote.
Para cuando este estuvo descabezado y
hecho pedazos, mi abuelo terminaba de contar la historia de su tío Armando
Leal.
-¿Ya le ha llenado la cabeza de pajaritos a
su nieto? –volvió a recriminarle Teresa
a su padre.
Él no contestó y se limitó a mirarla de reojo.
Se levantó de su silla y salió del salón. Al cabo de un par de minutos volvió a
entrar con una carpeta vieja entre las manos:
-Aquí están las pruebas –sentenció.
De la carpeta sacó un montón de dibujos que
tenían pinta de ser diseños de cohetes espaciales, un mapa de la Luna llena,
con los nombres de los cráteres más grandes, y con lo más importante, la escritura
de propiedad del satélite, registrada en Buenos Aires en el año 1898.
Venía a decir el documento, entre formulas
legales y literatura jurídica, que Armando Leal, natural de Léfina, nacido el
22 de diciembre de 1870, el día de la noche azul, y en plenas facultades
mentales, adquiría el dominio y la titularidad de la Luna, único satélite
natural de la Tierra, redondo, con una extensión de 3.500 kilómetros de
diámetro, y cuyas lindes eran, por los cuatro puntos cardinales, el espacio
sideral. Hacía mención también a unos cuantos artículos en los que se advertía
que nadie podía gozar ni disponer de la Luna sin permiso expreso de su
propietario, que gozaba de derecho exclusivo por el cual podía impedir la
intromisión de cualquier enajenador. Y por último, especificaba bien clarito
que la titularidad estaba amparada por el derecho de sucesión.
-La Luna es mía –dijo airado don Antonio-.
Me pertenece por derecho, esto es un ultraje que no quedará así. Mañana mismo denuncio
a la Nasa, y a ver quién más tiene cojones a poner un pie en la Luna sin mi
permiso.
Supongo que mi Teresa lo convencería de su
propósito, pero fuera o no así, lo cierto es que después de aquel viaje se dejó
de hablar del tema y nadie más ha viajado a la Luna desde entonces.
Los días siguientes, me interesé más por
la vida de Armando Leal que por el programa espacial de los americanos, si bien
no hay nada en este mundo que no esté relacionado de un modo u otro. Un mes
antes de que naciera Armando Leal, llegó a Léfina el filósofo y científico estadounidense Charles
Sanders Peirce, miembro de la United States Coast and Geodetic Survey,
institución científica norteamericana, cuyo prestigio mundial superaba a
cualquier otra. Era el hombre serio, pragmático y fementido, de barba
apostólica y vestimenta señorial. Su llegada levantó de inmediato rumores de
toda índole, por lo que el hombre, de muy buena disposición, aclaró su
presencia en Léfina. Era la avanzadilla de una expedición de científicos que
llegarían un mes más tarde para establecer en los alrededores del pueblo un
campamento, desde el cual podrían observar el eclipse solar que se produciría
el 22 de diciembre. Desde el preciso momento en que se escuchó la palabra
eclipse, todo el mundo anduvo excitado por un repentino miedo al juicio final;
miedo que el clero se encargaría de fomentar desde los púlpitos, argumentando
que un eclipse era una llamada de atención de Dios a los hombres, porque estos
habían obrado contra su voluntad. No fueron pocas las supersticiones que se
sacaron de la manga, entre ellas la creencia repentina de que a las embarazadas
que recibieran directamente la oscuridad del eclipse, malograrían la criatura
de su vientre. Otra fue la creencia de que se perderían las cosechas, bien por
heladas, bien por un intenso calor. Por mucho que Mister Charles Sanders Peirce
intentó desmentir tales supercherías, estas se extendieron por toda la comarca
hasta que incluso los más escépticos llegaron a pensar que cuando el río suena,
agua lleva. La mañana del día en cuestión amaneció nublada. La expedición no
acampó en Léfina como estaba previsto, porque unos ajustes astronómicos de
última hora aconsejaban que Jerez ofrecería un ángulo más ajustado para la
observación del fenómeno. El eclipse sobrevino al medio día: conforme la Luna
fue tapando al Sol, la luz se tornó anaranjada, luego grisácea, y cuando el
astro rey desapareció por completo, una noche azul se precipitó por el
horizonte. En ese preciso instante, Armando Leal decidió nacer.
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