Ahora
es otoño, entre el olor del fin de la lluvia,
me
he quedado en el atardecer, orando
y
suspenso en la visión del pubis de la Tierra,
rendido
ante la áurea epifanía de los cerezos
y
la fractalidad de los momentos de la
vida.
Un
centenar de aves llenan el aire y abren
el
nombre de Dios en la boca de sus ángeles,
mientras
cierta brisa enreda hilos de seda
entre
mis cadencias y los pensamientos.
Ahora
es otoño y aquí la Humanidad solo soy yo,
símil
del agua, porque el agua tiene su voz,
como
también posee la caída del sol
poder
para transformar en piedras preciosas,
austeras
rocas bajo la superficie de un remanso…
¡Clepsidra
eterna de agua y tiempo, clepsidra
que
se lleva el cadáver de una lagartija,
sin
solemnidad, hacia su resurrección!
Me
he quedado solo en el atardecer,
con
mi soledad cayendo dentro del otoño.
Y
en mi soledad, la Humanidad solo soy yo,
un
hilo de seda sobre el que camina
la
conciencia entre dos abismos.
¡Dos
abismos: la divinidad y los instintos!