El
viejo Palacio de Vencedores está cerrado,
deshabitado
como una antigua vida,
no
se puede acceder a él, salvo mirando a través
de
una herrumbrosa celosía de volutas y acantos,
a
simple vista, la habitación está vacía,
solo
un fluorescente desvencijado
cuelga
del techo, suspendido por un cable raido,
y
abandonadas sobre el pavimento,
cientos
de noticias del pasado,
impresas
en hojas de periódicos y revistas,
yacen
bajo una gruesa capa de polvo.
Su
estructura, como cascados huesos humanos,
está
a punto de desplomarse,
cuando
esto ocurra, caerán sus artesonados,
los
frescos de Dios creando el Mundo
y
el de Dafne, transformándose en olivo.
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