lunes, 8 de junio de 2015




Ahora es otoño, entre el olor del fin de la lluvia,
me he quedado en el atardecer, orando
y suspenso en la visión del pubis de la Tierra,
rendido ante la áurea epifanía de los cerezos
y la fractalidad de los momentos de la vida.
Un centenar de aves llenan el aire y abren
el nombre de Dios en la boca de sus ángeles,
mientras cierta brisa enreda hilos de seda
entre mis cadencias y los pensamientos.
Ahora es otoño y aquí la Humanidad solo soy yo,
símil del agua, porque el agua tiene su voz,
como  también posee la caída del sol
poder para transformar en piedras preciosas,
austeras rocas bajo la superficie de un remanso…
¡Clepsidra eterna de agua y tiempo, clepsidra
que se lleva el cadáver de una lagartija,
sin solemnidad, hacia su resurrección!
Me he quedado solo en el atardecer,
con mi soledad cayendo dentro del otoño.
Y en mi soledad, la Humanidad solo soy yo,
un hilo de seda sobre el que camina
la conciencia entre dos abismos.
¡Dos abismos: la divinidad y los instintos!

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