viernes, 26 de septiembre de 2014



Como el albañil de la nostalgia,
cuyo oficio es reconstruir en la memoria
tardes de noviembres decoradas de otoño,
enumero cada momento lánguido acontecido,
pero también todas mis adolescencias.
Recordar es el oficio del poeta,
recordar incluso lo que aún no ha sucedido,
concluir que la vida es un cúmulo de actos,
y sus recuerdos, castigos o recompensas.
Excitante oficio, resumir la vida,
abrir la libertad, usarla y formular juicios,
esperar en vano que se aleje la desdicha
para apresarla e inmovilizarla en el olvido,
postular que nadie muere, nadie,
o que solo muere quien no ha vivido.
Recordar, sí, recordar nombres y caras
de diosas o de simples heroínas de la vida,
urdir historias sobre cálices o rosas,
recordar promesas de amor y revivirlas
para deslumbrar los ojos de quien ama
con la ternura de la desnudez perfecta,
recordar que sobre la piel de una mujer
escribí, sin idioma, mi mejor literatura,
que sobre ella autografié mi nombre,
que sobre ella leí y diluí mis oraciones.
¡Así nos abrazan los años, recordando
…esperando que la fortuna nos permita
que mañana sea recuerdo del pasado.
Extraño oficio, extraño:
Empezar por el final, como los círculos,
terminar en el principio, como los círculos!

martes, 23 de septiembre de 2014



He oído decir a quien me habita,
que el sol tarda solo un día
en girar alrededor de la vida,
que la soledad, como el viento,
es una sólida música sobrevenida,
que mientras alguien baila,
alguien muere en ese instante,
y no porque le pasó el tiempo.
Hoy ya es primer día de otoño,
se desguaza la vida: alma y cuerpo,
caerá la tristeza, como caen declives,
caerán hojas de libros amarillentos,
como caen llantos de lluvia, recuerdos,
llegarán las nieblas a los sueños
y se condensarán en los ojos
cada uno de los momentos felices
por los que mereció la pena vivir,
y haber vivido, entre vosotros.

martes, 16 de septiembre de 2014



De lluvia copiosa y religión

te creo cada noche en mis deseos,

evoco tu piel y el éxtasis en tu boca,

subo tu falda por encima de tu rodillas

y ya eres agua, dulce metafísica,

más arriba, ya eres diosa.

Entro en ti, y tu nombre en mi cuerpo…

tu nombre es lluvia, tu nombre es agua,

inicio al final de la vida…

y ya no soy hombre, mujer,

ya no soy hombre, sino tu pensamiento.

Así, noche tras noche, cuando llueve,

te evoco en ideas que no escribo

porque no se le puede llamar

solo amor, a tanto amarte.

jueves, 11 de septiembre de 2014

VUELO 12914

Al amanecer, camino del aeropuerto, aún soñolientos
y con el sabor reseco en la boca a Four Roses, cuatro rosas,
con el que celebramos la despedida en el Jazz & Soul,
dejamos atrás la ciudad de las cimas y las hipérboles
donde habíamos vivido durante tanto tiempo
acomodados en pisitos de cuarenta metros cuadrados
a los que llamábamos estudios, y no habitáculos.
El miedo a volar carecía de importancia
con tal de poner la mayor distancia posible
entre lo que quisimos ser y lo que fuimos.
Pese a todo, algunas lágrimas…
Pagamos al taxista que sonreía como Caronte
porque éramos su último servicio de la noche,
y entramos en la terminal arrastrando un ligero equipaje:
algunas mudas de ropa interior limpias,
varios documentos sobre nuestra identidad,
algunas escrituras de propiedad sobre sentimientos, 
diplomas que acreditan nuestra presencia en la vida
y premian con motivos florales nuestros esfuerzos,
y algún que otro objeto de supervivencia,
entre ellos, un par de libros de viejos poemas,
de textos subrayados por algún motivo extraño:
Somos pasado y solo un instante en el presente,
procesos de conversiones, trozos de infinitos,
rastros de ángeles o seres de alma y tiempo,
somos nuestros propios pensamientos
y el reconocimiento de las sensaciones que creamos.
…y cada uno de nosotros somos también
la parte que emerge de los tumultos,
el complemento del resto del mundo,
somos ángeles todavía sin belleza propia,
ángeles de anhelos… y los deseos que provocamos.
Somos almas y alas de ida y vuelta,
somos palíndromos en los espejos…

Como siempre, el vuelo se había retrasado,
alzamos la mirada hacia la pantalla de los destinos:
Delayed… teníamos tiempo para tomar
el último café que tomaríamos en la ciudad
donde habíamos construido nuestros sueños.

…pero nos marchamos con el firme propósito
de regresar algún día y con el consuelo
de saber que volvíamos a nuestro pueblo natal,
a aquel del vocabulario justo para nombrar
la verdad de nuestro origen, nuestro tamaño natural,
a aquel vocabulario de gestos y complicidad,
de los primeros “te amaré el resto de mi vida”,
al pueblo natal donde un viejo y eterno cineasta
proyecta en mitad de una plaza milenaria
la fantástica vanidad de la vida,
al pueblo natal donde por fin no existen ángeles terribles,
al único lugar de El Mundo donde cabe la posibilidad
de que la infelicidad solo sea una utopía,
donde el poeta es tan campesino como el hombre,
donde los sordos componen himnos de alegrías
y los músicos oyen el Canto de Pachamama, de Gea,
cuando las sílfides del aire rozan el oído,
donde sobran dioses porque las bestias que fuimos
se convirtieron, en aras del arte, en mansos corazones,
donde las tetas de la Tierra solo son tetas de madres,
donde el silencio que usan a diario los poetas
para expresar lo inexpresable, carece de sentido.
Al pueblo natal donde se puede decir abiertamente
“solo sé que no sé nada, o pienso, luego existo”
sin ser tachado de idiota o de elevada autoestima,  
porque allí, no importa lo que sabemos
ni hace falta proclamarlo en voz alta.
Volver al pueblo natal donde tampoco importa
que dios exista, porque existe lo creas o no lo creas,
aunque de él hicimos una gran pelota inmensa
a la que se nos ocurrió llamar Gran Pelota Universo.
Al pueblo natal donde las mayores guerras mundiales
acaban en tratados de paz firmados sobre mesas
cargadas de cervezas y platos de queso y aceitunas.

Nuestro vuelo estaba a punto de despegar, embarcamos,
pronto volveríamos a oír ladrar a los perros, al anochecer,
en el descampado de la Iglesia, o a los gallos al amanecer
ahuyentando al fantasma triste de San Pedro,
¿quién no se ha negado más de una vez, durante  la noche,
antes de que el alba ocultara las estrellas?
Pronto volveríamos a ver, desde las termas romanas,
cómo el ocaso se traga el gran huevo frito del horizonte.
Pronto volveríamos a la tierra que es nuestra cama sin hacer,
a la tierra que no apura el espacio para contener
un millar de almas apretadas en silencio y alaridos…
a la tierra donde el Talión no existe, sino lo consuetudinario,
¿verdad, Inmaculada González Ruiz?
a la tierra donde fuimos, de un modo u otro, lo que somos,
¿verdad, Alberto Siquier Fernández? 
A la tierra donde nuestros recuerdos fabricaron el futuro.

martes, 9 de septiembre de 2014

…me hablas de ese demente sacramento
que conjuran los todopoderosos de la Tierra
contra los necios que la habitan…
…háblame de sentidos figurados, de leyendas,
de historias de diosas con ojos azules
o de historias de héroes contra quimeras,
pero no, tú me hablas de la guerra,
me hablas en nombre de dioses de mierda
que ni siquiera son auténticos seres vivos,
hablas de enarbolar banderas de sangre y seda
en campos de batallas que no te corresponden
para enriquecer con tu vida al hombre rico,
hablas del gran suicidio colectivo, de la muerte,
como quien habla y sonríe alegremente
de la suerte de matar o que te maten.
Háblame de mesas redondas, de ágoras,
de pecios que emergen de ayeres profundos
para contener la incongruencia del presente.
Hablas, y hablas por los codos de sinsentidos,
de inmolarte para conquistar una colina,
un nido o un enjambre de metralletas,
de calar con bayoneta el corazón del  enemigo
para vanagloriar tu pecho con honores,
para condecorarte con el orgullo de los necios.
Hablas de la guerra como lo haría un cruzado,
enamorado de sus propias crueldades.
Háblame de éxitos, de triunfos y victorias
sobre la impiedad del bárbaro y sus iniquidades,
de excarcelaciones, de hombres sin fronteras,
de heraldos blancos y blancos césares,
háblame de manifiestos contra la tristeza.
Pero tú me hablas de balas que te rozan el oído
con la misma gratitud con que celebrarías
la ternura de la mujer, de la hija o de la madre.
Hablas de adalides  que te encaminan hacia glorias…
de tormentas del desierto, de franjas milenarias,
de acorazados hundidos en océanos pacíficos,
de aquel tiempo nefasto en que conducías
un Pegaso de acero con un antiaéreo a la espalda.
 -En fi, a la orden de usía, mi coronel,
dejo a su disposición toda mi poesía,
para que se meta todas sus guerras
en el ancestral culo de la desdicha.