jueves, 11 de septiembre de 2014

VUELO 12914

Al amanecer, camino del aeropuerto, aún soñolientos
y con el sabor reseco en la boca a Four Roses, cuatro rosas,
con el que celebramos la despedida en el Jazz & Soul,
dejamos atrás la ciudad de las cimas y las hipérboles
donde habíamos vivido durante tanto tiempo
acomodados en pisitos de cuarenta metros cuadrados
a los que llamábamos estudios, y no habitáculos.
El miedo a volar carecía de importancia
con tal de poner la mayor distancia posible
entre lo que quisimos ser y lo que fuimos.
Pese a todo, algunas lágrimas…
Pagamos al taxista que sonreía como Caronte
porque éramos su último servicio de la noche,
y entramos en la terminal arrastrando un ligero equipaje:
algunas mudas de ropa interior limpias,
varios documentos sobre nuestra identidad,
algunas escrituras de propiedad sobre sentimientos, 
diplomas que acreditan nuestra presencia en la vida
y premian con motivos florales nuestros esfuerzos,
y algún que otro objeto de supervivencia,
entre ellos, un par de libros de viejos poemas,
de textos subrayados por algún motivo extraño:
Somos pasado y solo un instante en el presente,
procesos de conversiones, trozos de infinitos,
rastros de ángeles o seres de alma y tiempo,
somos nuestros propios pensamientos
y el reconocimiento de las sensaciones que creamos.
…y cada uno de nosotros somos también
la parte que emerge de los tumultos,
el complemento del resto del mundo,
somos ángeles todavía sin belleza propia,
ángeles de anhelos… y los deseos que provocamos.
Somos almas y alas de ida y vuelta,
somos palíndromos en los espejos…

Como siempre, el vuelo se había retrasado,
alzamos la mirada hacia la pantalla de los destinos:
Delayed… teníamos tiempo para tomar
el último café que tomaríamos en la ciudad
donde habíamos construido nuestros sueños.

…pero nos marchamos con el firme propósito
de regresar algún día y con el consuelo
de saber que volvíamos a nuestro pueblo natal,
a aquel del vocabulario justo para nombrar
la verdad de nuestro origen, nuestro tamaño natural,
a aquel vocabulario de gestos y complicidad,
de los primeros “te amaré el resto de mi vida”,
al pueblo natal donde un viejo y eterno cineasta
proyecta en mitad de una plaza milenaria
la fantástica vanidad de la vida,
al pueblo natal donde por fin no existen ángeles terribles,
al único lugar de El Mundo donde cabe la posibilidad
de que la infelicidad solo sea una utopía,
donde el poeta es tan campesino como el hombre,
donde los sordos componen himnos de alegrías
y los músicos oyen el Canto de Pachamama, de Gea,
cuando las sílfides del aire rozan el oído,
donde sobran dioses porque las bestias que fuimos
se convirtieron, en aras del arte, en mansos corazones,
donde las tetas de la Tierra solo son tetas de madres,
donde el silencio que usan a diario los poetas
para expresar lo inexpresable, carece de sentido.
Al pueblo natal donde se puede decir abiertamente
“solo sé que no sé nada, o pienso, luego existo”
sin ser tachado de idiota o de elevada autoestima,  
porque allí, no importa lo que sabemos
ni hace falta proclamarlo en voz alta.
Volver al pueblo natal donde tampoco importa
que dios exista, porque existe lo creas o no lo creas,
aunque de él hicimos una gran pelota inmensa
a la que se nos ocurrió llamar Gran Pelota Universo.
Al pueblo natal donde las mayores guerras mundiales
acaban en tratados de paz firmados sobre mesas
cargadas de cervezas y platos de queso y aceitunas.

Nuestro vuelo estaba a punto de despegar, embarcamos,
pronto volveríamos a oír ladrar a los perros, al anochecer,
en el descampado de la Iglesia, o a los gallos al amanecer
ahuyentando al fantasma triste de San Pedro,
¿quién no se ha negado más de una vez, durante  la noche,
antes de que el alba ocultara las estrellas?
Pronto volveríamos a ver, desde las termas romanas,
cómo el ocaso se traga el gran huevo frito del horizonte.
Pronto volveríamos a la tierra que es nuestra cama sin hacer,
a la tierra que no apura el espacio para contener
un millar de almas apretadas en silencio y alaridos…
a la tierra donde el Talión no existe, sino lo consuetudinario,
¿verdad, Inmaculada González Ruiz?
a la tierra donde fuimos, de un modo u otro, lo que somos,
¿verdad, Alberto Siquier Fernández? 
A la tierra donde nuestros recuerdos fabricaron el futuro.

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