Se
teñirán de sepia las tintas, los recuerdos,
a
oscuras, en las noches largas del frío invierno.
Llegará
la tristeza, hecha carne y adherencia,
llegará
el eclipse y la urdimbre de las sombras
que
proyectan aquellas ideas que jamás
pusimos
en marcha por temor a equivocarnos.
Se
deshilacharán nuestras huellas del pasado,
como
ayer se deshilacharon en la memoria
las
primeras citas de amor, el primer secreto,
oculto,
por pudor, a los ojos de los padres.
Se
desvanecerán los deseos y atterezos,
los
breves escenarios sobre los que brillamos
disfrazados
de dioses con sus propios ajuares.
Pasará
la vida y podremos oír el tiempo,
viajaremos
del ayer hacia el futuro incierto,
solos,
sin que apenas se insinúen los presentes,
solos,
con algo de fe a cuestas y desconcierto,
con
suerte, seremos dulcemente olvidados,
con
suerte, añadiremos nuestros breves nombres
a
la lista de los hombres que jamás han muerto
con
la esperanza de que algún día nos pronuncien:
¡Mientras
la humanidad exista, Seres Eternos!
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