¡EVOHÉ!
Cada mañana y
con la aurora temprana de dedos de rosa, aquel al que todos llamaban el
Poeta, paseó por las inmediaciones de Léfina, sin rumbo fijo, sin afán y
a la deriva. Aquella última y gélida mañana de diciembre,
algunas nubes de plata y zinc, herían el sur, una suave neviza
descendía del cielo como lluvia de piedras preciosas. Un tímido amanecer
había creado luz en el espacio aéreo de Léfina, un pueblo lleno de
misericordia, de atalayas y descuidos; un pueblo por el que los ambages
del tiempo y la peculiaridad de su gente, jamás permitieron esclarecer
su anacronismo.
El Poeta, constructor de su propio
empíreo y abstraído por el deseo de aquilatar los acervos de la vida, en
los últimos años, se había consagrado a la observación del mundo. La
vara de un acebuche le servía de cayado y de arma para ahuyentar
insectos. Con ella segaba el aire mientras rebuscaba en su cabeza ideas
dignas de ser pensadas.
La erosión del viento
tórrido del mediodía y el Ministerio de Obras Públicas, habían
convertido los frondosos caminos de Léfina en carreteras de alquitrán y
polvaredas de humo negro, por donde sólo las hormigas, alienadas, se
atrevían a cruzar. Un salto industrial en su cerebro, le hizo relacionar
aquella imagen con la visión calcinada del mundo obrero del poeta
Lundkvist. Y con tanto ahínco ajustó la memoria, que recordó al pie de
la letra dos versos exactos: Cuando los obreros salen por las puertas de
las fábricas / se ríen altaneros de la pálida luna.
El Poeta solía fruncir el ceño con cierto carácter filosófico y aires de
preocupación. Pero, en realidad, sólo lo hacía cuando se creía en
posesión de una idea interesante. En aquel preciso momento, un pájaro,
caído de frío en mitad del camino, le estimuló de nuevo la memoria:
Practicó otro doble salto mental, recordó a Kavafis y, tras orar un
Padre Nuestro y tres Aves María por el alma del pájaro caído, declamó en
su honor algunos versos del poeta griego: Desafortunados son nuestros
esfuerzos / como aquellos de los troyanos...
De pronto, una
leve lluvia comenzó a morir contra la tierra, y la tierra, húmeda y
fértil, levantó su olor hacia el cielo. El Poeta se protegió bajo un
laurel solitario que, como aspaviento, extendía una de sus ramas hacia
el horizonte. Por un momento creyó sentirse Rilke; miró hacia el árbol y
descubrió en las pequeñas vetas del reborde de sus hojas, la sonrisa de
una brisa. Tenía cansado el corazón y Léfina, difusa en el espacio,
quedaba algo lejos para pedir ayuda. Por última vez en su vida divisó la
silueta de su pueblo, lo vio con el mismo asombro que muchos años
atrás, la había descubierto desde el cielo, volando con el capitán
Kindelan en la Cleo de Merode, una avioneta de ferias y piruetas, de la
que quedan algunos restos del fuselaje en una lúgubre bodega. Desde
entonces, aseguraba que Léfina, vista desde arriba, parecía un ojo
almendrado. En realidad, apenas unos cuantos edificios modernos y un par
de naves industriales construidas en su periferia, la habían cambiado
su forma helénica. De nuevo y, haciendo un estimable ejercicio
nemotécnico, en virtud de los inexorables hilos de la interrelación de
ideas, evocó la correspondencia entre su pueblo y Martinson:
"En el
pueblo natal, en el jardín esponjado por/ las lombrices crece todavía la
aguileña/ y en todas las casas se oye el antiguo tictac de los/altos
relojes de pesa./ El humo asciende de las cabañas como/ rectas columnas
del sacrificio./ Y para aquellos que vienen de allá afuera/ del duro
trabajo de los mares mundiales y de las/calles de puta de
Barcelona,/este sereno pueblecito se presenta como una men-/ tira
silenciosa./ Una mentira junto a la que les gustaría demorarse./ Una
mentira por la que uno querría pisotear todas las terribles verdades.”
La lluvia arreció y flageló sin juicio la gorda cabeza del mundo.
Aquel al que todos llamaban el Poeta se protegió con un impermeable de
un sólo uso y allí, en mitad de la nada, enhebró los entresijos de su
pensamiento: En efecto, como corolario que fluyera del poema de
Martinson, se configuró Léfina ante sus ojos, como si en verdad fuera un
lugar de mentira. Y de aquel guirigay de elucubraciones, analogías,
requilorios y recuerdos, se reveló la realidad de un pueblo puesto en
mitad de la Historia con una dignidad solemne, al margen del progreso y
las zozobras convencionales. Pero aquello ya no merecía importancia, la
tierra seguía mojándose como hembra en celo, olía a barro y a creación.
Presintió en todo su cuerpo que era el momento perfecto para morir y,
por primera vez en su vida, se llenó de felicidad. Cuando la lluvia
cesó, el cielo se abrió de par en par y el poeta y el hombre miró por
última vez hacia el sol que siempre le había parecido un enorme huevo
frito.
JUAN FRANCISCO SÁNCHEZ ANDRADES
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