La Poesía me ha dado momentos tristes,
sí, es cierto, no puedo negarlo,
pero también justamente todo lo contrario.
La Poesía me ha librado de latir por costumbre,
de ser el muñeco-títere de los tiranos,
de ser el eterno hijo pródigo de la mayoría,
me ha librado de sentir sin sentido,
de convertir las horas del día en pesadumbre,
de ser escoria y sobra del Alto Horno de la Vida.
La Poesía me ha librado de pasar de largo
sin reparar en los ojos de quien me mira.
Tampoco puedo negar que he sufrido,
¡cómo hacerlo, cómo negar la evidencia!
Lo he hecho por cada una de las injusticias
caídas como piedras sobre La Tierra,
lo he hecho por solo rozar lo inalcanzable,
porque he visto sollozar a niños y llorar a hombres,
a madres gritando el nombre de sus hijos
con el dolor retorcido en las sombras de sus vientres.
La Poesía me ha dado fugacidad y compromiso,
nudos en la garganta, rabia en el pensamiento,
evanescencia para tirarle a dios de las barbas,
presencia para joder a los Hombres Grandes Marcas,
me ha dado mirada para mirar Giocondas,
oídos para Debussy, oídos para Mozart.
La Poesía me ha dado la posibilidad de ser Ahab,
o de ser una gran ballena blanca sobre el mar,
a veces, de ser un solitario pez de acuario.
La Poesía me ha dado el poder de la insignificancia
para luchar contra el poder de la importancia
con la humildad a cuesta o con la soberbia alzada,
con la palabra en pie de guerra contra la guerra.
Sobre el amor… ¡Ay, si yo pudiera hablar sobre el amor!
¡Cuántos versos creados y consumidos
en hogueras de carne y almas,
¡cuántas nombres para una sola diosa!
¡cuántas Dulcineas que no lo fueron!
La Poesía me ha dado oportunidad y memoria
para sembrar campos de ayeres
y cosechar presentes, días de mañana.
¿…que he llorado? Claro que he llorado,
como una Magdalena, como una Magdalena,
¿…que he reído? Claro que he reído,
a carcajadas, a carcajadas,
pero siempre he sentido por partida doble
lo que he reído y he llorado.
La Poesía me ha dado el poder de los símbolos:
Caduceos, rosas, clepsidras, incluso ángeles,
con los símbolos he sobrevivido a grandes catástrofes,
a inviernos de melancolía, a despropósitos, a ausencias.
La Poesía ha sido mi Necesidad, hija de la Fortuna,
aquella vieja diosa alegórica por cuyo poder,
el mismo Zeus, debía obedecerle.
En fin, la Poesía me ha dado la capacidad
para no olvidar, para no olvidarme.
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