¡Como el agua que riega la espiga
eres cuando viertes en mí tu alma!
Yo, poeta, insemino oraciones
en el mihrab de tu cuerpo abierto.
Así te amo en la noche larga,
como dios o diablo, enloquecido
tras los vidrios que apartan el agua.
Luego despierto con la esperanza
de que sea mañana de domingo,
e incluso huelo el feliz café caliente
que arde a fuego lento en la cocina,
mientras te corre el agua de la ducha
por la piel resucitada del silencio.
¡Y vienes a mí como antes, oliendo
a miel y a geles de menta y rosas!
Luego, alguien que llega de fuera,
con la voz cerrada por la tristeza,
me recuerda que tú ya no existes,
que el mes próximo hará dos años
que el agua que riega la espiga
no rebosa cálices tras la lluvia: Y me siento solo, paseando
por cualquier calle del mundo.
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